Se fue hermoso y talentoso, dejando en nuestra memoria el casette de la banda sonora en español de una generación. También es Latinoamérica. Cerati.

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Este no es un blog de viajes, pero se acaba de ganar uno a La Patagonia, si no se marea ni le incomoda ir en clase económica, en tren, camión y parado en avión, en tal caso siga ruta que yo le propongo al final de cada nota, sino nos perdemos ambos y no se justifica, ya que me demoró un montón de tiempo cuadrar todo en estricto orden circular y sin fin. Arranca en: Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado

Si le interesa mirar otras cosas, en el menú de la derecha hay apuntes con algunos textos de distintas personas, que me gustan, y textos propios, unos, inéditos, otros, publicados.

Gracias por estar aquí aunque sea por accidente.

@lucerocinco

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Hombre

Sería el amante perfecto, no pide, no reclama, sí escucha ¡Espera! Si escucha y espera podría ser eso: perfecto.

Se va si lo echas. Regresa aunque no lo llames como un perro. Atiende, salta, obedece, juega con tu vanidad y cualquier pelota de colores que le botes al aire, sonríe dulcemente con sus dientes carniceros.

Pregunta por tu día, tu poema, tu hombro adolorido, tu pelea con la vecina, se interesa, aunque no le importe más que morder un hueso.

Mueve la cola, te trae el periódico, maulla quejosamente, te invita a cenar y orina la entrada y la salida.

Sería el amante perfecto limitándose a amar simplemente.

Insiste, lucha, te hace premio inmerecido, aun sin recibo o precisamente por eso.

Se inquieta, se pregunta, explora cada recoveco nuevo, olfatea a distancia tu perfume, acecha el tacho de la basura de tu pasado y los alrededores de tu apartamento.

Se hace inoportuno, atrevido, impertinente, dando arañazos a la puerta, sólo y mientras a la medianoche se cierre sin él adentro.

Sería el amante perfecto si un día no se te ocurriera amarlo de la misma manera. Entonces, suele pasar que la indiferencia ocupa el lugar de su enigma resuelto.

En su mesa, con el tenedor rozando tu pierna, te darías cuenta de que no es posible cazar dos veces una misma presa ya fileteada y lista para la cena y que un hombre podría ser sólo eso, un cazador distinto cada día, a veces gato, otras, perro.

Después de hacerte la muerta podrías escapar de ese amante perfecto o quedarte a ver cómo te devora mientras te bebes su vino y alcanzas a morderle los dedos.

LúRG
Ago.2.14


En Gaza hay un genocidio. Se está exterminando un pueblo bajo el silencio cómplice del resto de la humanidad. No se matan niños bajo ninguna excusa ideológica, religiosa o militar. Ni palestinos ni colombianos ni de ningún lugar ¿Quién gana la guerra, esta guerra, estas guerras, cualquier guerra? Sólo la muerte… los mercenarios y los vendedores de armas.

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Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado

Acaso sería La Patagonia un puñado de pueblos en tres o un sólo estado encontrado en el revés de un mapa…  mental, un cierre de ciclo o la puerta abierta de una casa extraña separada por kilómetros de la siguiente estancia (finca) ó 10 casas juntas y tres ciervos salvajes, que salen a la carretera sólo para atravesársele a la nada, a la duda y a un carro que pasa cada 20 minutos por las rutas nacionales 40 y 3 de Argentina.

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Acaso sería sólo cruzar la enormidad del espacio estepario donde cabrían un lobo o una loba, todas las dudas, todos los ciervos, un plan improvisado para precisamente burlarse del azar y lo ambiguo del vivir, el actuar, el caminar, el desmoronarse y volverse a enamorar… de un árbol (si lo encontrara) o alguno de color árbol, por ejemplo en Chocón donde llegan a morirse los últimos dinosaurios y a resucitar como dummies inflables de plástico en la vía, al lado de la Oficina de Turismo. Acaso sería sólo levantarse una mañana con la mirada hacia el horizonte por una persona, dos o tres… ciervos o sólo un perro como excusa para perseguir. Acaso todo el sentido de las sinrazones de este mundo estaría en el sur de ese sur. Acaso un ladrido sería todo lo que vendría a escuchar a kilómetros de distancia.

No llevé mi brújula y mi iPad lo había vendido en Neuquén, pero me decían que el sur que yo buscaba de pronto estaba en el sur por donde andaba.

El 24 de mayo, luego de 36 horas de viaje, llegué a Río Gallegos, la última ciudad de La Patagonia con “La receta del abuelo”,  así parecía que se llamaba el carro de don Miguel, el viejo chileno, que no sabía cómo configurar la hora de su país en su teléfono patagónico. Apenas paramos a descansar unas cinco horas mientras el viento nocturno mecía las cerca de 25 toneladas, que pesaba La receta del abuelo, bajo el cielo más estrellado que nunca vi… antes de orinar detrás de una llanta de camión más grande que yo, el penúltimo que abordaría en este recorrido.

Suerte la mía que en la gasolinera de El Hoyo, sólo a 16 km de El Bolsón don Miguel paró para llevarme incluso más al sur de donde yo había soñado llegar. El abuelo, sus recetas y su carga de cecina iban mucho más lejos y de un sólo tiro hasta la punta del continente que ya me parecía con un fin casi imposible de delimitar. Me ahorró uno o dos colectivos  y unas buenas horas más que pensaba que me tomaría, ahora que llevaba el tiempo justo apenas para ir a ese lugar que no sabía dónde ni por qué y a volver casi de inmediato a Buenos Aires para no perder el avión de vuelta a Venezuela y Colombia.

Don Miguel y yo si acaso nos hablábamos cada 200 km sin que nada se cuestionara ni asombrara. Fluían la charla tanto como los largos silencios. Nada de “por qué tan solita” o “por qué pregunta esto o aquello” o “por qué se volvió vegetariana y de pronto un día quiso tragarse un ciervo y morder a un perro”, “por qué deja de hablar” o “por qué no para de hablar”; sólo: “pregunte”, “coma” o “coma la carne”…

–Coma la carne aunque sea de perro, sólo porque yo se la doy y porque no quiero que vaya a contar a su país que un camionero chileno casi la deja morir de hambre.

Acaso uno se va al medio de la nada a hablar con el viento o sólo a oír a don Miguel quejarse de los argentinos, que se les hace muy “pesados”, aunque diga que “son los gauchos los verdaderos y más grandes argentinos, que haya conocido” y entonces largue una anécdota con ellos a mitad de uno de sus caminos, quizá un día de esos en que desearía que su reloj marcara las 2:44 a.m. en vez de las 3:44 a.m. del país extranjero, una hora más joven en una vía tan desolada, a 80 km de marcha, mientras busca sus gafas y el frasco de gas licuado para prender su estufa portátil. Si supiera don Miguel lo que me diría de los chilenos, el último camionero que conocí, un santafecino, que dos días después me rescataría del fin del mundo.

–¿Qué tanto escribe?

–Algo que no voy a leer cuando llegue a casa y de lo que un día apenas me voy a acordar por partes o me lo voy a reinventar todo cuando el reloj también me falle en alguna madrugada de insomnio.

Acaso La Patagonia o lo que iría a buscar allí sería algo humano o no humano como el silencio pleno gobernando un enorme estado sin un arbusto de más de 20 cm de alto por kilómetros y kilómetros a la redonda. Acaso podría llegar allí sólo siguiendo cualquier idea descabellada o algo sensato como correr detrás de un Dogo argentino, simplemente Le chien, El perro de Sorín, que terminara asomado en el estanque de El pez que fuma en un burdel cualquiera de Venezuela.

Acaso se me acabarían los “acasos” mientras don Miguel apenas entendía la mitad de lo que yo le decía. Yo le preguntaba por el clima y él me respondía con su infancia. Tampoco sabía en qué día andaba y encima me lo preguntaba a mí. Yo le contestaba con la zona horaria mientras le ayudaba a configurar su teléfono. Qué podía saber yo más que suponer que debía entregar su carga, imagino que en una fecha definida y un lugar físico concreto como Punta Arenas. Qué más daba si ni él mismo sabía ni parecía que le importara priorizar responsabilidades y días, pero seguramente, ni así lo iban a echar por consideración a su edad, pobre, tan viejo de estar cansado y para retirarse todavía le faltaba… su propia decisión.

A los 74 años de edad don Miguel no ha hecho nada distinto que manejar camiones desde los 18 cuando trabajó para una empresa del abuelo de la esposa de Piñera, el ex presidente chileno, muy afecto a “nuestro” Uribe, dicho sea de paso. “Un charlatán que prometió y prometió tantas cosas como las casas para los del terremoto y no cumplió con todo”, SEGÚN DON MIGUEL. 

–Se aburre uno ya de tanto andar ¿Por qué será que se anda tanto? ¿Por el destino?

Don Miguel cree que dejar el carro para quedarse en casa, donde lo esperan su esposa, hijos y nietos desde hace una vida, es ponerle -en menos de seis meses- cuatro clavos al cajón de donde nunca más va a salir, según sus propias palabras. Miedo a morir es miedo a detenerse, pero si cualquier miedo mata primero.

El día anterior, en El Bolsón, pude quedarme en la zona recorriendo alrededores como los Siete Lagos, entre Villa la Angostura y San Martín de los Andes, lo que inicialmente había planeado yendo de norte a sur, pero la fuerza del viento y del azar me empujó a seguir de largo a Bariloche sin pasar por San Martín. Qué necesidad había de ir más al sur si ya estaba ahí ¿A cuál sur, exactamente pretendía llegar? Alcancé a considerar que no había compromiso de seguir adelante con nada ni nadie y apenas si me quedaban cuatro días para volver a Buenos Aires y tomar mi vuelo de vuelta. Menos de un segundo tuve ese amague de razonar; ya tenía las maletas al hombro y estaba en camino hacia “tan lejos como pudiera avanzar en el tiempo que me quedaba”, a aquel lugar que no sabía por dónde ni por qué, pero se me haría tarde si no me apuraba a encontrarlo…. . Hacia abajo todavía quedaban 1780 km más.

 

Otras notas del viaje:

Viva el viaje, aún matando al viajero (Aquí empieza)

 

Por el sur de América latina, andando… por la dirección incorrecta

 

De Colombia a La Patagonia no recibo dulces a “extraños”

 

Alguna carta a mis amigos desde Neuquén, la puerta de la Patagonia (Argentina)

 

Al sur del sur, con menos hielo y sin Coca, por favor (click)

Al borde de una neurosis hipotérmica, en tren de regreso a Buenos Aires, con la ventana cerrada

 

Horas antes de abrir la ventana para salir de la Patagonia


Horas antes de abrir la ventana para salir de la Patagonia

Nueve horas antes de la salida del tren había llegado a la terminal de transportes de Bahía Blanca desde Río Colorado, el sitio más cercano donde decidí bajarme del último camión en el que anduve. Por seguridad me habían recomendado no pasar todo ese tiempo en la estación de tren. Bahía Blanca ya no era uno de esos pueblitos tranquilos de La Patagonia, por donde había estado, según alguien. En El Bolsón nunca me dieron llaves para entrar a la casa donde me quedaba sencillamente porque la puerta nunca estaba cerrada.

‒Bahía es más ciudad y eso ya trae otras cosas.

Me quedé dos horas en La Terminal me aburrí y me fui a la estación.  En esa desolada y oscura estación no me sentí segura… de que la iba a pasar mejor. Me aburrí también y me fui al café de la gasolinera del frente donde precisamente comenzó mi historia con Héctor* y Oscar, los que me llevaron al sitio donde tomaría el primer camión para salir de la provincia de Buenos Aires, que conté en Alguna carta a mis amigos, desde Neuquén, click…

Una y otra vez intenté concentrarme en la misma página del Capítulo Tercero de Adiós a las Armas. Entre los programas de chismes de la TV y una chica, quizá de mi edad, que al entrar me clavó la mirada y al corresponder al contacto visual empezó a contarme apartes de su vida desde su mesa, al frente de la mía, me perdí de la lectura, pero me entretuve un poco.

Una y otra vez discutían en la tele el momento en que una dominicana le había dicho zorra a la pareja de baile de su novio, participantes de un programa en la Argentina donde los “famosos” bailan a beneficio de una causa social, que es famoso porque es presentado por Tinelli, uno que más famoso que Messi, por presentar un programa, donde los famosos bailan a beneficio de una causa social, que es famoso porque… La de la tele gritaba.

‒!Es que él es mi novio y lo voy a besar ahora mismo!

La morena le reclamaba a la bailarina rubia que no tenía ningún derecho a tocarlo tanto mientras bailaban cuando de pronto saltó del público al escenario a chuparle la cara a su macho en disputa. Entretanto la chica del café gritaba desde su mesa lo mucho que yo me le parecía a Mariana una amiga de infancia de su hermana con quién había roto relaciones por una amarga pelea.

‒¿Cómo te llamas?

‒¿Rosa? pero tienes cara de llamarte Lucero.

‒… ¿Pelearon por un juguete? Bueno, ya es hora de que hagan las pases.

‒¿Verdad que sí?  Mariana se había casado y parecía feliz.

Al cabo de un rato el ruido de la tele ya me cansaba, dejé de mirarla y también fingí ignorar a mi nueva mejor amiga de la mesa del lado, la hermana de la amiga de Mariana.

De pronto lanzó un alarido teatral.

‒!Una rosa es una rosa, pero por muy hermosa que sea un día se marchita!

La miré de reojo. Me miró de frente y con odio. Recostó su cabeza sobre la mesa con cara de niña regañada y cerró los ojos. Cuando su madre o abuela le dijo que se comiera el alfajor (porque en Argentina todos comen alfajor y ven o al menos hablan bien o mal de Tinelli una vez al día cada día de sus vidas) ella gritó aún más fuerte.

‒No me dejan dormiiir. No me dejan en paz ni un sólo minuto.

La abuela siguió masticando como si nada.

‒Vamos niña que tenemos que ir donde Mariana.

‒¡Quiero que me entierren en un hoyo negro muy profundo al lado del abuelo y de Mariana!

Pero más surrealista que el deseo de mi nueva amiga, amiga de Mariana, era que había pasado una hora y cuatro presentadores pagos por un canal de TV seguían debatiendo de si estaba bien o no que la dominicana le hubiera dicho zorra a la compañera de baile de su hombre. Pagué la cuenta y le dije adiós con la mano a la chica amiga de Mariana, que al fin cambiaba su dura mirada por una sonrisa. No podía moverme muy lejos porque las maletas y las botas empezaban a pesarme, pero debía largarme de ahí a ver si me conectaba con la lectura.

Las cosas de las que uno se entera releyendo tanto la misma página, por ejemplo que en medio de la guerra, al regreso del protagonista a su pueblo, las montañas eran pardas…

…Todo estaba como antes de mi partida, salvo que ahora la primavera había llegado… (página 13 de mi edición).

‒…¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? Vamos, cuéntamelo todo.

‒He estado por todas partes. Milán, Florencia, Roma, Nápoles, Villa San Giovanni, Mesina, Taormina.

‒Hablas como una guía de ferrocarriles ¿Has tenido buenas aventuras?

‒Sí.

‒Dónde.

‒En Milán, Florencia, Roma, Nápoles, El Bolsón, Tecka, Río Gallegos, Bariloche, Neuquén, Bahía… y ¿Cuál primavera? si lo que está entrando es un invierno ni el hijueputa…

Tocaba ponerse de nuevo las botas.

Sentada a veces, recostada a ratos, en un puesto para dos y otros dos al frente, repasaba la misma hoja del Capítulo Tercero. Tiré mis dos maletas, dos chaquetas (camperas) y dos pares de zapatos y me desparramé en las cuatro sillas de primera clase hasta que un hombre de otro acento, un paraguayo con tufo (aliento a alcohol), una lata de cerveza en la mano y una risa que no le cabía en la cara, llegó a ocupar la silla donde descansaban mis nalgas. Un par de pueblos más adelante un padre ocupó el lugar donde mi pierna izquierda reposaba y su hijo, que dejó la ventana abierta muy a propósito, le quitó además el puesto a mi pierna derecha.

Cerré el libro y por un segundo pensé en Mariana, la “zorra”, Tinelli, la dominicana; y otra vez no me acordaba de qué color eran las montañas (con el perdón de Hemingway). Desde antes me estaba cargando de lo que ya me había quitado de encima, incluso días antes de subirme al tren de regreso a Buenos Aires y no era sólo de botas y exceso de ropa, que me volvía a poner por la falta de espacio, sino de algo más pesado. Había cerrado la ventana para sentarme al borde de una neurosis hipotérmica.

A la medianoche apenas el niño se quedó dormido, cansado, con el paisaje ya oscureciéndole, le pregunté al padre si no se colaba mucho frío con la persiana abierta. No dijo nada; la cerró. El paraguayo sonreía cada vez que accidentalmente yo lo miraba, como esperando charla. Apenas una pareja, sentada al lado de nuestras sillas, habló entre sí, reaccionó contento al darse cuenta que también eran paraguayos. Dijo algo como “chóquelas”, le dio la mano al hombre y se sintió contento, sólo porque eran de su misma tierra cuando todos se estaban quedando dormidos y nadie, mucho menos yo, parecía querer empezar alguna charla.

‒!Salud!

IMG_7560A la mañana siguiente vi cómo el niño miraba extasiado por la ventana, descubriendo cada cosa, un árbol, una antena, una vaca, una oveja, un perro, una bicicleta, un bus, un ciclista, un cantante de tango, tres pájaros, dos pájaros, un pájaro, una chica loca de Venado Tuerto con botas de plástico como una niña saltando charcos, un bus… Después de mirarlo un rato y de acordarme de mi primer viaje en tren, quizá a la misma edad de él, dejó de exasperarme que el niño abriera la ventana tan temprano y que el paraguayo quisiera hacerse el tan simpático con extraños, a pesar de sus ronquidos y el espacio que me había quitado. Le recibí al hombre el mate, que me devolvió el calor corporal y me recordó que el último tren puede ser un último tren, pero el primer viaje debe ser siempre como un primer viaje, como la mirada de un niño a cualquier cosa, con los ojos, las persianas y el alma, el espíritu o la humanidad (como lo quieran llamar) abierta, como la curiosidad de un marciano.

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Después de haber encontrado ese lugar Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado… donde vi a Borges frotarse las manos para no congelarse y como nunca antes la belleza me había conmovido hasta las lágrimas, cómo iba andar tan enredada con tanta ropa e ideas encima, si sólo era ponerme un simple pantalón térmico, que pesaba menos, casi nada, pero se me había metido que ya había andado con eso tanto que quería nueva ropa y nueva energía, qué cosa menos simple, menos pragmática se había apoderado otra vez de mí, mostrándome otra vez aquel proverbio de un maestro indio, que se escribió en el último vagón del último tren (de Faca a Cachipay, que ya había mencionado antes Al borde de una neurosis hipotérmica click…), simplemente otro tren de mi mismo viaje.IMG_8789 [1600x1200]

Es mi deseo que Bariloche1simplifiques, simplifiques y simplifiques. El ser sencillo en todos los aspectos de la vida es aceptar la vida”…

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Holaaaa, gracias por visitar mi blog, saludos desde el Lago Epuyen (otra postalita preciosa de esta enorme Patagonia). Lú

 

El último tramo de este viaje circular sin fin (click): Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado


Al borde de una neurosis hipotérmica, en tren de regreso a Buenos Aires, con la ventana cerrada

Camino a Buenos Aires de verdad sentí que no llegaría viva. Cuando alguien me preguntó cómo me fue a la ida, esperando de antemano que mi experiencia hubiera sido fatal casi mortal, tal y como me lo había advertido, dije que al menos no había muerto en el tren, que hasta me había parecido bien agradable y desde el amanecer no me había perdido un sólo árbol del paisaje hasta llegar a Bahía Blanca; cosa bien distinta sentí en el viaje de regreso.

Estaba abierta a no pelear con la fatalidad y cada muerte en la vía. Me metí a la página de Internet de la red de trenes de la provincia, esperando ver unas lindas postales. Lo primero que vi fue un anuncio del estado de emergencia en que se encontraban los trenes de Ferrobaires desde 2011. Al menos se niegan a morir y hasta le reclaman públicamente al Gobierno su derecho a su digna y benéfica existencia $$ para tantos.  “…Se destacan por carecer de elementos básicos de confort, por mantenimiento insuficiente… Para volver a un estándar de calidad básico su material rodante requerirá un shock de inversiones por parte de su titular, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires…”, decía la página. En Colombia empezaron a desaparecer en fúnebre y resignado silencio en los 90.

A los 7 años, con mamá, me subí a uno de Palmira a Cartago por primera y última vez; pensaba que no lo había vuelto a hacer hasta ahora en Argentina, excepto por el El último tren que va a la montaña (tren artesanal de vagón y medio, de Faca a Cachipay) para una pequeña nota en el trabajo que hacía entonces, de lo que me acabo de acordar. Si no lo leo no recuerdo bien detalles del viaje, por eso escribo para que no se me olvide. Lo que sí guardo perfectamente como una nítida foto en mi mente es el aviso que llevaba esa máquina atrás (la de la nota relacionada) una idea sobre la simplificación que sé debí grabármela: “Es mi deseo que simplifiques, simplifiques y simplifiques. El ser sencillo en todos los aspectos de la vida es aceptar la vida”…

En la taquilla de Constitución (estación de trenes de Buenos Aires) una vendedora me preguntó si viajaba en “turista” o “primera clase” cuando pregunté si en la llamada primera clase tenía cama o semicama, con una levantada de ceja me respondió que tenía sillas, que se podían reclinar un poco. En los demás vagones la gente se sienta en metal duro como en el Subte (metro). De estructura similar al que se mueve por la Ciudad, pero un poco más grafiteado, oloroso, frío, bullicioso, vivo y marginal.

Alguien en Buenos Aires me recomendó que llevara mucha, pero mucha comida al sur; no entendí bien si era porque escaseaba o porque era muy cara, de cualquier forma sentí como si me embarcara para la guerra. Igual era una guerra 9 veces menos cara que en bus y 15 veces menos que en avión. Entonces serían 14 horas que me sentaría en aquella primera clase particular.

Como un viejo paciente y lerdo, un tren había parado hasta que levantaran a un hombre de la vía, en medio de una noche fría, unos días antes. No era un suicida, no andaba muerto, andaba “jincho*1” (borracho)… andaba de parranda ♫.

Salí en primera con la persiana abierta, como los niños, contenta con poco o nada, o mejor, con todo, suelta, desenfadada y volví en otro puesto, otra postura, enojada, rígida, casi petrificada sentada al borde de una hipotérmica neurosis y con la ventana cerrada.IMG_9183

Al volver del sur del sur a Bahía Blanca rumbo a Buenos Aires a tomar mi vuelo al norte, mi casa, llegué muy canchera con el tema del frío, muy confiada por haberme movido bien en el que se supondría sería el clima más duro que experimentaría, al sur del sur, donde vi a Borges frotarse enérgicamente las manos para no congelarse. Sí, lo vi ahí como cualquier turista con un sombrero negro para el sol y tomando fotos (adivinen dónde está ahora).

En el último tramo del tren de regreso no calculé que con la ropa térmica descansando húmeda en la maleta me sentiría tan cerca de morir de frío. A pesar de la lycra liviana, leggins de pana, leggins de lana y blue jean, que me puse uno sobre otro, no me acomodaba a la temperatura. Yo creo que lo que no dejaba cerrar el pantalón no era tanto la sobredosis de alfajor y facturas, que tragué en la ruta, como la sobrecarga de ropa, que me puse tratando de adivinar, sin tropezar, el camino al baño, totalmente a oscuras en mitad de la noche en medio de la nada (que yo supiera), más miedoso que caminar por la 10 con 10 a las 10 p.m. en Bogotá.

La lluvia azotaba esa gran caja de latas sin calefacción que nos transportaba. Yo me azotaba, incluso desde antes, pero realmente me exasperé cuando mi puesto de primera clase fue asaltado por un hombre de otro acento, un paraguayo con tufo (aliento a alcohol), una lata de cerveza en la mano y una risa que no le cabía en la cara y más tarde por un padre y su hijo, que dejó la ventana abierta muy a propósito. Desde hacía rato me estaba cargando de nuevo lo que ya me había quitado de encima días antes de subirme el tren de regreso y no era sólo las botas que me volvía a poner por frío y falta de espacio, de mucha complicación.

Esto pasó…

Horas antes de abrir la ventana para salir de La Patagonia

*1. Jincho: en mi vida había escrito esa palabra ¿Es con “j” o con “g”?


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