–No hay que irse lejos para encontrarse, –me diría mi madre, alguna o muchas veces.
–Escapar sería eso, –(alguien más).
–Sí es escapar y no hay que irse lejos, pero sí muy profundo para acercarse a eso, a uno mismo. Y mientras te acercas ya no estás en el mismo lugar, ni momento. Porque mutas en cada movimiento, con cada aliento.

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–Is not necessary to go far to find yourself, my mom said to me many times.

–That would be escaping (said once, someone else).
–Yes, it is escaping and you don´t need go further, but you need to dig deeper to approach yourself, just approach, because as you are moving, a complete you, so you never find yourself stagnating at the same moment and place, because you transform yourself with an every single movement and breath.

Nov. 19/14 (empacando de nuevo, por primera vez con ganas de no hacerlo).

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Las cosas nunca se me han dado fácil. Soy una privilegiada.

Aquí, trabajando, clac clac clac.

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Se fue hermoso y talentoso, dejando en nuestra memoria el casette de la banda sonora en español de una generación. También es Latinoamérica. Cerati.

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Este no es un blog de viajes, pero se acaba de ganar uno a La Patagonia, si no se marea ni le incomoda ir en clase económica, en tren, camión y parado en avión, en tal caso siga ruta que yo le propongo al final de cada nota, si no nos perdemos y no se justifica, ya que me demoró un montón de tiempo cuadrar todo en estricto orden circular y sin fin. Arranca en: Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado

Si le interesa mirar otras cosas, en el menú de la derecha hay apuntes con algunos textos de distintas personas, que me gustan, y textos propios, unos, inéditos, otros, publicados en diferentes medios.

Gracias por estar aquí aunque sea por accidente.

@lucerocinco

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Hombre

Sería el amante perfecto, no pide, no reclama, sí escucha ¡Espera! Si escucha y espera podría ser eso: perfecto.

Se va si lo echas. Regresa aunque no lo llames. Atiende, salta, obedece, juega con tu vanidad y cualquier pelota de colores que le botes al aire, sonríe dulcemente con sus dientes carniceros.

Pregunta por tu día, tu poema, tu hombro adolorido, tu pelea con la vecina, se interesa, aunque no le importe más que morder un hueso. Ladra.

Mueve la cola, te trae el periódico, maulla quejosamente, te invita a cenar y orina la entrada y la salida.

Sería el amante perfecto limitándose a amar simplemente.

Insiste, lucha, te hace premio inmerecido, aun sin recibo o precisamente por eso.

Se inquieta, se pregunta, explora cada recoveco nuevo, olfatea a distancia tu perfume, acecha el tacho de la basura de tu pasado y los alrededores de tu apartamento.

Se hace inoportuno, atrevido, impertinente, dando arañazos a la puerta, sólo y mientras a la medianoche se cierre sin él adentro.

Sería el amante perfecto si un día no se te ocurriera amarlo de la misma manera. Entonces suele pasar que la indiferencia ocupa el lugar de su enigma resuelto.

En su mesa, con el tenedor rozando tu pierna, te darías cuenta de que no se atrapa dos veces una misma presa. Con la carne ya fileteada y lista para la cena podrías ver sólo eso, un cazador distinto cada día, a veces, animal, que se torna doméstico.

Después de hacerte la muerta podrías escapar de ese amante perfecto o quedarte a ver cómo te devora mientras te bebes su vino y alcanzas a masticar alguno de sus dedos.

LúRG
Ago.2.14


En Gaza hay un genocidio. Se está exterminando un pueblo bajo el silencio cómplice del resto de la humanidad. No se matan niños bajo ninguna excusa ideológica, religiosa o militar. Ni palestinos ni colombianos ni de ningún lugar ¿Quién gana la guerra, esta guerra, estas guerras, cualquier guerra? Sólo la muerte… los mercenarios y los vendedores de armas.

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Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado

Acaso sería La Patagonia un puñado de pueblos en tres o un sólo estado encontrado en el revés de un mapa…  mental, un cierre de ciclo o la puerta abierta de una casa extraña separada por kilómetros de la siguiente estancia (finca) ó 10 casas juntas y tres ciervos salvajes, que salen a la carretera sólo para atravesársele a la nada, a la duda y a un carro que pasa cada 20 minutos por las rutas nacionales 40 y 3 de Argentina.

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Acaso sería sólo cruzar la enormidad del espacio estepario donde cabrían un lobo o una loba, todas las dudas, todos los ciervos, un plan improvisado para precisamente burlarse del azar y lo ambiguo del vivir, el actuar, el caminar, el desmoronarse y volverse a enamorar… de un árbol (si lo encontrara) o alguno de color árbol, por ejemplo en Chocón donde llegan a morirse los últimos dinosaurios y a resucitar como dummies inflables de plástico en la vía, al lado de la Oficina de Turismo. Acaso sería sólo levantarse una mañana con la mirada hacia el horizonte por una persona, dos o tres… ciervos o sólo un perro como excusa para perseguir. Acaso todo el sentido de las sinrazones de este mundo estaría en el sur de ese sur. Acaso un ladrido sería todo lo que vendría a escuchar a kilómetros de distancia.

No llevé mi brújula y mi iPad lo había vendido en Neuquén, pero me decían que el sur que yo buscaba de pronto estaba en el sur por donde andaba.

El 24 de mayo, luego de 36 horas de viaje, llegué a Río Gallegos, la última ciudad de La Patagonia con “La receta del abuelo”,  así parecía que se llamaba el carro de don Miguel, el viejo chileno, que no sabía cómo configurar la hora de su país en su teléfono patagónico. Apenas paramos a descansar unas cinco horas mientras el viento nocturno mecía las cerca de 25 toneladas, que pesaba La receta del abuelo, bajo el cielo más estrellado que nunca vi… antes de orinar detrás de una llanta de camión más grande que yo, el penúltimo que abordaría en este recorrido.

Suerte la mía que en la gasolinera de El Hoyo, sólo a 16 km de El Bolsón don Miguel paró para llevarme incluso más al sur de donde yo había soñado llegar. El abuelo, sus recetas y su carga de cecina iban mucho más lejos y de un sólo tiro hasta la punta del continente que ya me parecía con un fin casi imposible de delimitar. Me ahorró uno o dos colectivos  y unas buenas horas más que pensaba que me tomaría, ahora que llevaba el tiempo justo apenas para ir a ese lugar que no sabía dónde ni por qué y a volver casi de inmediato a Buenos Aires para no perder el avión de vuelta a Venezuela y Colombia.

Don Miguel y yo si acaso nos hablábamos cada 200 km sin que nada se cuestionara ni asombrara. Fluían la charla tanto como los largos silencios. Nada de “por qué tan solita” o “por qué pregunta esto o aquello” o “por qué se volvió vegetariana y de pronto un día quiso tragarse un ciervo y morder a un perro”, “por qué deja de hablar” o “por qué no para de hablar”; sólo: “pregunte”, “coma” o “coma la carne”…

–Coma la carne aunque sea de perro, sólo porque yo se la doy y porque no quiero que vaya a contar a su país que un camionero chileno casi la deja morir de hambre.

Acaso uno se va al medio de la nada a hablar con el viento o sólo a oír a don Miguel quejarse de los argentinos, que se les hace muy “pesados”, aunque diga que “son los gauchos los verdaderos y más grandes argentinos, que haya conocido” y entonces largue una anécdota con ellos a mitad de uno de sus caminos, quizá un día de esos en que desearía que su reloj marcara las 2:44 a.m. en vez de las 3:44 a.m. del país extranjero, una hora más joven en una vía tan desolada, a 80 km de marcha, mientras busca sus gafas y el frasco de gas licuado para prender su estufa portátil. Si supiera don Miguel lo que me diría de los chilenos, el último camionero que conocí, un santafecino, que dos días después me rescataría del fin del mundo.

–¿Qué tanto escribe?

–Algo que no voy a leer cuando llegue a casa y de lo que un día apenas me voy a acordar por partes o me lo voy a reinventar todo cuando el reloj también me falle en alguna madrugada de insomnio.

Acaso La Patagonia o lo que iría a buscar allí sería algo humano o no humano como el silencio pleno gobernando un enorme estado sin un arbusto de más de 20 cm de alto por kilómetros y kilómetros a la redonda. Acaso podría llegar allí sólo siguiendo cualquier idea descabellada o algo sensato como correr detrás de un Dogo argentino, simplemente Le chien, El perro de Sorín, que terminara asomado en el estanque de El pez que fuma en un burdel cualquiera de Venezuela.

Acaso se me acabarían los “acasos” mientras don Miguel apenas entendía la mitad de lo que yo le decía. Yo le preguntaba por el clima y él me respondía con su infancia. Tampoco sabía en qué día andaba y encima me lo preguntaba a mí. Yo le contestaba con la zona horaria mientras le ayudaba a configurar su teléfono. Qué podía saber yo más que suponer que debía entregar su carga, imagino que en una fecha definida y un lugar físico concreto como Punta Arenas. Qué más daba si ni él mismo sabía ni parecía que le importara priorizar responsabilidades y días, pero seguramente, ni así lo iban a echar por consideración a su edad, pobre, tan viejo de estar cansado y para retirarse todavía le faltaba… su propia decisión.

A los 74 años de edad don Miguel no ha hecho nada distinto que manejar camiones desde los 18 cuando trabajó para una empresa del abuelo de la esposa de Piñera, el ex presidente chileno, muy afecto a “nuestro” Uribe, dicho sea de paso. “Un charlatán que prometió y prometió tantas cosas como las casas para los del terremoto y no cumplió con todo”, SEGÚN DON MIGUEL. 

–Se aburre uno ya de tanto andar ¿Por qué será que se anda tanto? ¿Por el destino?

Don Miguel cree que dejar el carro para quedarse en casa, donde lo esperan su esposa, hijos y nietos desde hace una vida, es ponerle -en menos de seis meses- cuatro clavos al cajón de donde nunca más va a salir, según sus propias palabras. Miedo a morir es miedo a detenerse, pero si cualquier miedo mata primero.

El día anterior, en El Bolsón, pude quedarme en la zona recorriendo alrededores como los Siete Lagos, entre Villa la Angostura y San Martín de los Andes, lo que inicialmente había planeado yendo de norte a sur, pero la fuerza del viento y del azar me empujó a seguir de largo a Bariloche sin pasar por San Martín. Qué necesidad había de ir más al sur si ya estaba ahí ¿A cuál sur, exactamente pretendía llegar? Alcancé a considerar que no había compromiso de seguir adelante con nada ni nadie y apenas si me quedaban cuatro días para volver a Buenos Aires y tomar mi vuelo de vuelta. Menos de un segundo tuve ese amague de razonar; ya tenía las maletas al hombro y estaba en camino hacia “tan lejos como pudiera avanzar en el tiempo que me quedaba”, a aquel lugar que no sabía por dónde ni por qué, pero se me haría tarde si no me apuraba a encontrarlo…. . Hacia abajo todavía quedaban 1780 km más.

 

Otras notas del viaje:

Viva el viaje, aún matando al viajero (Aquí empieza)

 

Por el sur de América latina, andando… por la dirección incorrecta

 

De Colombia a La Patagonia no recibo dulces a “extraños”

 

Alguna carta a mis amigos desde Neuquén, la puerta de la Patagonia (Argentina)

 

Al sur del sur, con menos hielo y sin Coca, por favor (click)

Al borde de una neurosis hipotérmica, en tren de regreso a Buenos Aires, con la ventana cerrada

 

Horas antes de abrir la ventana para salir de la Patagonia


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