Arbitraria (Leila Guerriero)

Consejos de una cronista argentina que cada vez más y más seguimos en Latinoamérica porque leerla siempre resulta bueno. Un poco arbitraria, un poco arrogante, un poco libre, un poco sabia. Tomado de El Mercurio de Chile.

3 Historias de amor… al libro (a propósito del Día del Idioma)

Una reclusa bibliotecaria, un soldado ciego y un niño sin escuela celebran la experiencia de leer…

En un lugar, pero no de la Mancha sino del barrio Dindalito de Bogotá, vive José Darío, que dejó de estudiar por acompañar, desde los cinco años, a su mamá a reciclar. Ahora, con 10 años, él todavía no puede ir a la escuela, aunque ya ha leído unos 20 libros. Como si fuera un Quijote, José resultó en el mundo de las letras de una manera ingenua, graciosa e inesperada.

Publicado en El Tiempo.
“La primera vez que fui a la Biblioteca El Tintal sentí miedo, porque pensé que eso era solo para mayores. Como decía biblioteca pública, o sea, del Gobierno, pensé que si entraba ahí de pronto me iban a dejar en Bienestar Familiar”, dice José, entre risas. Fue en ese lugar donde lo inscribieron en un programa para recuperar el tiempo que perdió por fuera de la escuela, llamado Aulas de Aceleración, de la Fundación San Antonio y el plan Palabras al Viento, que desarrolla Bibliored. Por eso, desde hace tres meses, y junto a otros 20 niños, José vive dos sueños que le permiten volar: “los cuentos de lo que la profe Mónica llama biblioteca (una caja de madera con libros adentro) y el almuerzo de la escuela”.

Todavía se acuerda muy bien del primero que leyó, Aladino y la lámpara maravillosa.

Lee para ver mejor
En el 2003, cuando tenía 27 años, a Brayan Rodríguez, especialista en explosivos del Ejército, le entró una bala a la cabeza que lo dejó ciego y le hizo pasar un mes en coma y un año en manos de sicólogos y siquiatras. Lo primero que se le ocurrió cuando salió de su trauma fue abrir un libro de matemáticas, que otro le leyó. A él siempre le gustaron los idiomas y los números. De todos modos, le tocó aprenderlo todo de nuevo, desde caminar y leer.

Los libros y el pretexto de irlos a buscar a la biblioteca de Suba se convirtieron en el vehículo para ambas actividades. Fue una quijotada levantarse solo y decidir que, sin ayuda de nadie, aprendería braile. Pero obtuvo más que eso: máquinas lectoras en las bibliotecas, programas de computador y, su preferida, la dulce voz de una bibliotecaria llamada Sandra. Con ese impulso, Brayan terminó el bachillerato e ingresó a la universidad.

En un año y medio leyó más de 2.000 libros, sobre todo sobre las reformas tributarias, los códigos penal, civil y laboral, la Biblia y los cuentos de Edgar Allan Poe, siendo El Gato Negro que le recuerda su vida en la selva, para él, el mejor.

Presa de la lectura
A Daris Liza Mora la condenaron por hurto, inicialmente a siete meses de prisión, pero lleva tres años en la Reclusión de Mujeres de Bogotá, porque le han salido 30 procesos más. Hoy, con 40 años de edad, suma dos de trabajo en el manejo de libros de la cárcel. De tanto limpiar las carátulas, se encariñó con temas espirituales y religiosos, y asegura que eso la cambió.

Solo basta preguntarle por el primer libro leído en su vida y a su rostro duro lo ablanda el llanto. No recuerda bien el título, pero sabe que es de una escritora gringa que fue violada y a quien la vida le dio tan duro como a ella. Hace un turno de 8 a.m. a 4 p.m. y pasó de hacerle aseo a la biblioteca a conocer al dedillo las normas internacionales para la clasificación de libros y hasta los recomienda. A los recién llegados los manda al estante de ética, filosofía y autosuperación.

“La verdad, entré aquí a la biblioteca de pura ‘lamberica’. Yo iba a la escuelita para el descuento (de pena), pero en esa época no hacíamos nada”, dice Daris. Muchas lectoras novatas lo primero que buscan son “temas de sangre y acción” y, como si se tratara del alquiler de alguna película de Van Dame, escogen libros sobre Pablo Escobar o Carlos Castaño. Un día, alguien le sugirió escribir un diario, y ahora no solo lee en la biblioteca, en su celda y en el patio tres, donde se encuentra, sino que escribe en un cuaderno hechos dolorosos que desde su infancia la martirizaban. “Si tuviera más estudio y pudiera publicarlo, lo titularía La tragedia, pero no de Daris, sino de otra persona. Al menos le cambiaría el nombre”, dice medio en serio y medio en broma.

Para Daris la mayor moraleja de este capítulo de su vida es que aprendió a comunicarse con sus hijos sin pelear, a través de los libros que ella misma les dice que lean y en los que halló su única posibilidad de escapar.

Lucero Rodríguez G.

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