Camino al cielo de los Nevados



Después de cinco días contando vírgenes por todo el camino, qué más íbamos a hacer sino terminar hablando de las vírgenes. Gracias a Luis por sus fotos y la paciencia.

Custodiado de tantas vírgenes como de rastros de violencias pasadas, entre atípicos tramos desérticos que preceden páramos y cultivos de papa: el sendero que pasa por 8 municipios, hacia las nieves.

PDF del artículo con las fotos: Norte de Boyacá

¿Por dónde es el camino? ¿Dónde está la vía pavimentada? ¿Dónde, la guerrilla? ¿En el Cocuy o en Güicán, dónde realmente queda el nevado? ¿Dónde está Dios? ¿Dios? Quién sabe, quizá haya vuelto a habitar tierras tan fervientemente católicas como las del norte de Boyacá, de donde muchos pobladores intentaron escapar, tratando de no dejar tirados escapularios, ni misas a medio empezar, cuando fueron centro de sangrientos momentos históricos como la conquista española en el siglo XVI, el enfrentamiento entre liberales y conservadores, en los 50; siendo este enclave de operaciones de los tristemente célebres ‘chulavitas’ y blanco de recurrentes tomas guerrilleras, por casi 20 años, desde mediados de los 80.

El camino es de unos 400 kilómetros si se sale en carro desde Bogotá, y el recorrido dura unas 12 horas, si se pasa de largo hasta El Cocuy o Güicán, las dos poblaciones más cercanas a la sierra nevada. Pero en cuatro días, también se pueden cruzar dos provincias: Norte y Gutiérrez; fotografiar y saborear ocho municipios: Soatá, Boavita, La Uvita, San Mateo, Guacamayas, Panqueba, El Cocuy y Güicán, y ¡sorpresa!, descubrir que lo que para los citadinos es reliquia por estos lados es parte de la cotidianidad.

En el norte se conservan las vitrinas con marco de madera en las tiendas; ya no se enarbolan pañuelos de color conservador o liberal, pero sí se izan banderas rojas en algunas casas, aunque solo para señalar la ubicación de las carnicerías.

Como en antaño, una o dos veces por semana se destina un día para el mercado. Ahora la vía principal que conduce a la Sierra ya está pavimentada en un 80 por ciento, las torres de telefonía celular se pelean una posición privilegiada en el cerro más alto con la virgen patrona del pueblo, y no hay señales de ninguna guerra pues los únicos tiros que se escuchan son los lanzamientos de tejo, los fines de semana. Soatá, el camino empieza a la mitad La capital de la provincia Norte es Soatá, donde se marca la mitad del recorrido desde Bogotá. Pero, aquí apenas comienza el viaje por los paisajes, costumbres y acentos, con los que no se identifica típicamente a los boyacenses.

La cercanía a poblaciones de los departamentos de Santander, Norte de Santander, Casanare y Arauca, y de Venezuela, país con el que comparten 18 kilómetros de frontera, ha alimentado una interesante mixtura cultural. Por Soatá pasó Bolívar cinco veces y cuatro veces se quedó en la hoy llamada Casona de Bolívar, diagonal a la Catedral de la Inmaculada, en el parque principal. Ya no es posada de ilustres personajes. Pero para tranquilidad del turista que hasta allí ya habrá recorrido más de 200 kilómetros, puede contar con cinco hoteles, para pasar la noche. En la mañana se puede observar a dos cuadras del parque el mirador del río Chicamocha y la inmensidad de una parte del cañón del mismo nombre. Y si por casualidad es primer martes del mes, se verá otra fiesta, no menos singular, la romería de solteras hacia el cerro San Antonio, que suben a pedir un marido. También se tiene la opción de pasar la tarde en una de las tres piscinas que tiene.

Los 18 grados centígrados de temperatura a estas alturas (1.950 metros sobre el nivel del mar), lo permite. Lo que si no resulta opción sino obligación es probar los dátiles. Después del escudo, estos frutos de palma endulzados de manera artesanal son lo más representativo del municipio. Boavita y La Uvita Al día siguiente se puede despedir de las dos vírgenes que custodian la salida de Soatá, la del Carmen y la de la Capilla de la Piedra.

Camino a Boavita el paisaje empieza a cambiar a bosque alto andino, aparecen árboles más altos, de un verde más oscuro; los cactus le dan paso al musgo y los cultivos de maíz van desplazando a los de tabaco. A la entrada de Boavita, otra virgen que ve pasar a los turistas desde debajo de una portada de ladrillo, mientras otra más los saluda desde el cerro más cercano. En la puerta de Foto Panorama, un retablo con 37 fotos, con imágenes de primeras comuniones, un par de amigas abrazadas a la entrada de una cacharrería y el obispo de la arquidiócesis de Málaga, Darío de Jesús Monsalve, “un monseñor que sí viene al pueblo a cada rato no como otros que solo aparecían para las confirmaciones”, dice un parroquiano.

El plan en Boavita es ir donde Ernestina Corzo a tomar masato de arroz, comer boronas, una especie de galletas de maíz y mantequilla, y probar la que ella recomienda como la mejor mantecada entre los pueblos vecinos. Conversar en el parque sobre política o tratar de que alguien confirme si es cierta la leyenda de que el único municipio del Norte que no se tomó la guerrilla fue Boavita, porque un comandante había nacido allá. O bien tratar de que algún buen conversador le cuente los detalles de la polémica por el traslado de una pila, que con más de cien años en el parque principal fue reemplazada por otra más moderna, con un sistema de luces y conducción del agua tan sofisticada que al nuevo alcalde le da miedo prenderla porque siente que le cuesta un ‘platal’.

“Historias no hay muchas”, comenta Ramón Gamboa, el fotógrafo del pueblo, que a su vez suelta una perla: “los personajes más típicos de aquí eran ‘el Twist’, llamado así por sus extremidades deformes y Abelardo ‘el Farita’, pero ya están muertos. A ambos los atropelló un carro, por lentos”. Con el patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe, aparece La Uvita en el panorama. En la plaza de mercado la señora Rosa Medina también prepara buen chivo para el almuerzo.

En La Uvita se pueden hacer caminatas ecológicas de aproximadamente una hora hacia la Laguna Negra, un fastuoso paisaje que forma parte del Parque Natural Municipal, donde nacen seis quebradas. También es ineludible allí comer quesos salados, doble crema y de mano (amasados a mano y empacados en moldes de trenzas de fique) o tomarse una foto en los jardines encerrados en rectángulos de pinos recortados, que conforman el parque principal de La Uvita, quizá el más verde y florido de toda la región. Tiene tres hoteles, uno de estos es La Cabaña de la señora Matilde Galvis, que no es una casa de madera sino de cemento con el comedor, la sala, el lavamanos y la TV en el centro.

Es sencilla, económica y garantiza ambiente de familia ‘Galvis’. San Mateo, Guacamayas y Panqueba En San Mateo continúa la ruta gastronómica. En el parque principal se puede encontrar la miel más pura de la zona. Allí también está Frutos y Café, salón de onces, que solo abre por la tarde. Sitio obligado para los enamorados… pero de los postres, como el pastel de queso y la loreta de limón. Y para que la comida trascienda a una clase de historia, es mejor acercarse a la tienda de Graciela Rodríguez. Ella prepara cotudos y plumeros, siguiendo una receta de más de 150 años, una especie de roscones duros, a base de huevo, mantequilla y azúcar que primero cocina y después hornea. Demora dos días su preparación. Asegura que de su negocio se han llevado sus cotudos a otros países, aunque la fama de vender la mejor mantecada, también le da reputación. El mismo día se puede pasar de San Mateo a Guacamayas e incluso de allí a Panqueba. Podría ignorarse si en Guacamayas se ofrece la mejor mantecada, pero nunca desconocer su tradición artesanal de productos de paja y fique que lo caracteriza en todo el país. Portalápices, bandejas, fruteros, paneras, de todos los tamaños, con diseños geométricos y vivos colores tienen calidad de exportación. Ahora se venden en Brasil y Francia, aunque aún se consiguen en las tres tiendas artesanales originales del pueblo.

La noche se puede pasa en Panqueba y en el día tercero programar un plan sobrecogedor como visitar el cerro Cruz de Mayo, a 3.000 metros de altura, desde donde se divisan cinco municipios. Comer cordero al horno donde ‘Doña Chepa’ o una jugada de tejo a la vuelta del restaurante, ayudan a aclimatarse tanto a la altura como a las costumbres. Si Soatá es el Melgar de la zona, Panqueba es el Girardot. Sus atractivos: el clima de 19ºC y los besitos de miel. El Cocuy y Güicán Un misterioso resplandor alcanza los cielos de las poblaciones del norte de Boyacá. La fuente de esa luz proviene desde la que ahora llaman la Sierra Nevada del Güicán, Cocuy y Chita y el Parque Natural Nacional de El Cocuy.

Históricamente Güicán le ha disputado su participación en el nombre de la sierra nevada, que alguna vez apareció en los mapas del Agustín Codazzi como Nevado del Cocuy, a secas. Lo cierto es que ambas son las poblaciones más cercanas a los picos nevados, cada una tiene su porción geográfica, en esa, la masa continua de nieve más grande de Suramérica. Y ambas con la infraestructura turística, aunque incipiente, mejor organizada de la zona. El Cocuy tiene el cerro Mahoma, su mirador más popular, y las lagunas Grande y de Las Lajas, para pescar.

Mientras que en Güicán se pueden encontrar libremente nacimientos de aguas termales, en la vereda San Luis. Una cápsula del tiempo, eso es El Cocuy, donde su arquitectura transporta al visitante a épocas coloniales y republicanas. Tiene una discoteca, una tienda de productos de lana como guantes, gorros y ruanas y al menos seis hoteles, igual que Güicán. En una u otra población e incluso en ambas se puede pasar el último cuarto día. Con dos vírgenes en su entrada, cada una a lado y lado del monumento de los indígenas U’wa que prefirieron suicidarse antes que someterse al dominio español; Güicán abre sus brazos al turista al que también le ofrecen chorizas (un tipo de embutido de carne bañado en guarapo), masato de arroz y la mejor mantecada, además de la producción de los más calurosos abrigos de Boyacá. Guarda celosamente a la Morenita, la misma que adoraban los indígenas tunebos, en la Cueva de La Cuchumba, incluso antes de que llegara Miguel Blasco a catequizar hacia 1756.

La leyenda dice que cuando Blasco intetó hablarles sobre la virgen, los indígenas le contaron que ya la conocían, porque un hombre de barbas blancas que ascendió a las montañas nevadas y no volvió a bajar, les había regalado la imagen sobre un lienzo blanco. Quizá se dio por bien servido luego de recorrer el norte de Boyacá, quizá quedó satisfecho después de encontrar las mejores mantecadas de la región, aunque algo extenuado como para volver a bajar. Quizá si existiera Dios seguramente preferiría habitar por allá, más arriba de los 5.000 metros, en el silencio más blanco y la pureza más calma con un cielo de nieve bajo sus pies, quizá en el Ritacuba Blanco, el más alto de los nevados, aunque con un Púlpito del Diablo de espaldas, una imponente roca cuadrada, en otro cerro nevado, al que los curas de la región, por alguna razón le quieren cambiar el nombre.

Fotos: Luis Lizarazo – Textos: Lucero Rodríguez G.

Acerca de lucerorodriguezg

Soy mujer. Escribo. He sido periodista y editora independiente. Busco algunas hojas en blanco virtuales para ver qué pasa con lo que dejo allí... Algo más sobre mí está en la etiqueta YO SOY LÚ. En las otras etiquetas hay algo de hormonas, rayones y notas inéditas y publicadas en otros medios. Ver todas las entradas de lucerorodriguezg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: