Salvando al cabo colombiano, Pablo, de las Farc: hazaña épica de un padre

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Full original article, here: Saving Colombia´s Corporal Pablo from Farc: a father´s epic struggle. (The Guardian / The Observer. Lucero Rodríguez G.) 

Salvando al suboficial colombiano, Pablo, de las Farc: hazaña épica de un padre

(traducción del texto publicado en The Guardian. Oct. 2009)

Gustavo Moncayo reza para reunirse esta semana con su hijo, 12 años después de estar en poder de la guerrilla.

A finales de diciembre de 1997, Gustavo Moncayo recibió una llamada de su hijo Pablo, de 19, quien prestaba servicio militar en la fronteriza región de Nariño donde una notoria influencia de la guerrilla estaba activa.

“Papi, si no hay fuegos artificiales, yo estaré para Navidad o Año Nuevo con ustedes”, dijo la voz entrecortada del otro lado de la línea, desde la base de comunicaciones del Ejército.

Aquello sonó como una advertencia. “Yo le pregunté: ¿Qué significa eso?-, dijo Moncayo, profesor del pequeño pueblo de Sandoná-. ¿Va a ver una fiesta por allá o qué?”.

“No”, contestó su hijo. “Nosotros pensamos que varios frentes guerrilleros se están acercando a Nariño para tomarse algunas bases. Pero yo quiero que eso sea un secreto entre usted y yo”.

“Me sentía morir, -recuerda Moncayo ahora-. Entonces nosotros no sabíamos nada de ataques guerrilleros y esas cosas en casa”.

Los miedos de Pablo y sus compañeros no eran infundados. El 21 de diciembre de 1997 a las 2:00 a.m. unos 250 guerrilleros asaltaron el Cerro de Patascoy, que los militares custodiaban. Quince incesantes minutos de fuego dejaron 22 soldados asesinados y 18 secuestrados. Más tarde fueron liberados 16.

Pablo no tuvo suerte. Casi 12 años después sigue secuestrado por las Farc en algún lugar de la insondable selva. Esta vez hay muchas posibilidades de que él finalmente pueda llegar a casa para la próxima Navidad. El mes pasado una prueba de vida en video de Pablo, ahora con 31 años, fue revelada por las Farc, acompañado del anuncio de su inminente liberación.

Moncayo apenas puede creerlo. “Yo he esperado tanto tiempo para ver a mi muchacho otra vez”, dijo a Observer. “Para decir al mundo entero que seguimos vivos y tal vez queremos empezar una nueva vida para tratar de dejar ese mal atrás. Yo sueño con ayudar a Pablo Emilio a crecer. Son 12 años como si nosotros como familia nos hubiéramos congelado en el tiempo”.

Si la libertad de Pablo tiene lugar –tal y como se espera para final de este mes– será el más feliz desenlace de una extraordinaria campaña emprendida por un hombre.

*
Desde esa fatídica noche de diciembre de 1997, Gustavo Moncayo simplemente se ha negado a rendirse en la lucha por intentar ayudar en la liberación de su hijo, generando controversia, antipatía y hostilidad entre los seguidores de la política del gobierno colombiano actual, a lo largo del camino.

Pablo se enlistó a los 17. Siguió en el Ejército. Había querido estudiar Ingeniería Electrónica pero sus padres, ambos profesores de bachillerato, no tenían los medios para pagar la libreta (exención para no prestar servicio militar). Estela, la mamá, duró buen tiempo desempleada, mientras Gustavo, el papá, cruzaba medio país buscando un empleo que le pagara un salario decente como maestro.

Antes de los 18, Pablo había sido ascendido a cabo (suboficial). Entonces vino el ataque de las Farc. Mala suerte la del joven cabo que la guerrilla que lo tuvo en su blanco en la gran ofensiva, que dejó docenas de soldados secuestrados. Veintitrés soldados y policías aún están secuestrados por las Farc.

Tras el ataque que trajo el secuestro de Pablo, su padre hizo un doloroso camino hacia la cima de la base de Patascoy a unos 4,100 metros (sobre el nivel del mar). Allí apenas encontró una grabadora destrozada, dos casetes de un curso de Berlitz y un diccionario, con los que Pablo estudiaba inglés. La larga pesadilla comenzaba.

Al principio hubo algo de optimismo. Durante los diálogos de paz, empezando década, el anterior presidente Andrés Pastrana desmilitarizó el área de San Vicente del Caguán, permitiendo a periodistas y políticos encontrarse y entrevistarse con la guerrilla. Allá Moncayo vio oportunidad de pedir a la guerrilla que se le permitiera a su hijo continuar estudios por correspondencia y otras “concesiones”.

“Mi papá casi vivía allá, -dice su hija Yuri-. Viajaba todo el tiempo a pesar de que seguía enseñando. Acostumbraba a llegar después de cincuenta y muchas horas de viaje, a veces, sin comer, y seguía a dictar clase sin decir una palabra”.

Pero no hubo progreso por casi nueve años. Los diálogos de paz empezaron a romperse, gobiernos iban y venían y Pablo permanecía en cautiverio. En 2006, llevado por la desesperación, Gustavo Moncayo se envolvió en unas simbólicas cadenas y se embarcó en una marcha para llamar la atención sobre la dura situación de su hijo.

Era un gesto que había ganado su acceso a los presidentes de Colombia, Venezuela y Argentina y lo convirtieron en héroe nacional para muchos. Más importante aún es que se aseguró que la suerte de su hijo se convirtiera en noticia de primera página.

Antes de las marchas de Moncayo, Sandoná apenas si era conocido en la región como un pequeño pueblo fabricante de sombreros. Este hombre de pueblo sin contactos o influencias se dio a conocer en Colombia tanto como los familiares de Ingrid Betancour, la ex candidata presidencial secuestrada en 2002 y liberada en febrero del año pasado después de un inesperado asalto militar.

“El miércoles pasado se cumplió el tercer aniversario de la campaña- cuenta Moncayo. Así que son tres años los que llevo cargando estas cadenas y al mismo tiempo se completan 11 años y 10 meses del secuestro de mi hijo”.

Le tomó 46 días caminar los 1,138 km de Sandoná a Bogotá para llamar la atención de Álvaro Uribe sobre el caso de Pablo, el presidente a quien su mismo padre le fue asesinado durante un fallido intento de secuestro de las Farc en 1983.

“Esa caminata tocó al país, -dice la senadora de oposición Piedad Córdoba-. El país reconoció el drama del secuestro a través de él”.

Pero no todo el mundo estaba impresionado. En un momento en que el gobierno colombiano estaba resuelto a aplicar la línea dura con las Farc, un llamado emocional de un padre por un acuerdo de paz y el regreso de su hijo fue vista como una distracción inútil. Cuando Moncayo y Uribe se reunieron en Bogotá, su solicitud de un acuerdo humanitario con las Farc para liberar a los secuestrados terminó en un malhumorado intercambio de puntos de vista sobre cómo hacer frente a la organización guerrillera.

De acuerdo con José Obdulio Gaviria, ex asesor de Uribe: “El discurso de Moncayo en la Plaza de Bolívar fue un desastre, que hacía el secuestro más, no menos, probable. Entre más alto perfil mediático de los secuestrados, más grande su importancia para los secuestradores. Mal haría en ser el contradictor de un padre por la liberación de un hijo, pero los secuestradores son absolutamente insensibles. Ellos tienen pocos valores éticos y morales”.

Córdoba piensa muy diferente. “Haber visto llegar a Moncayo a la Plaza de Bolívar tan devastado, haber escuchado las palabras tan soberbias del presidente y haberlos visto llorando solo con su hija y su esposa, fue un choque muy violento para mí”, dice.

“Moncayo duerme y se despierta con cadenas. Todavía lo hace. Eso me tocó tan profundamente que me llevó a tocar la puerta de Hugo Chávez para pedirle apoyo y me hizo tomar la determinación de hacer todo lo que pudiera para ayudar a los secuestrados”, comenta.

Los esfuerzos de Córdoba para mediar entre las Farc y el Gobierno en Bogotá, eventualmente llevaron a nominarla al Premio Nobel de la Paz de 2009, a pesar de las críticas de los seguidores de Uribe quienes la acusaron de convertirse en demasiado cercana al movimiento guerrillero.

*
En cuanto a Moncayo, siguió caminando, habiendo ganado el Premio Nacional de Paz en 2007. Y mientras él caminaba trataba de ignorar las voces que le sugerían que dejara la suerte de su hijo en manos del Gobierno. “Yo no quiero amigos ni enemigos, yo sólo quiero a mi hijo de regreso”, dice simplemente.

La siguiente fase de su jornada a pie lo llevó a Caracas en enero de 2008, acompañado de su hija, Yuri. Otra vez no todo el mundo aprobó su acción. De acuerdo con el sacerdote católico, Alberto Franco, miembro de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz: “Cuando él caminaba por Santander (cerca a la frontera con Venezuela) recibió amenazas de muerte por correo electrónico en las que él y sus compañeros eran acusados de apátridas. El lenguaje era muy similar al usado por los paramilitares (en Colombia)”.

Se solicitó incluso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que él debería recibir protección. Incluso ahora en Facebook, Moncayo ha ganado muchos amigos, pero también un sorprendente número de enemigos. Y no todas las amenazas a su seguridad son hechas online.

Pero mientras él caminaba con Yuri la causa fue ganando adeptos. Admirando su mezcla de idealismo y un poco de candidez, bloggers lo comparan con el héroe de Forrest Gump. Mientras que en Colombia él fue bautizado como el Caminante por la Paz. Le dedican una popular canción del español Joan Manuel Serrat y Moncayo canta la letra en su ruta: “Caminante no hay camino se hace camino al andar…”.

En Caracas, Chávez, quien se había ofrecido previamente a mediar con las Farc, prometió su apoyo y llamó a Moncayo “un extraordinario hombre”. El dinero del Premio Nacional de Paz ayudó a pagar parte de su primer viaje a Europa y el Parlamento Europeo. Una vez allí, él siguió caminando, promoviendo la causa de la liberación de Pablo en 22 ciudades. “Allí, ellos no te dejan caminar en las carreteras porque el tráfico es mucho más rápido que en Colombia”, bromeó.

Y en los últimos tres años, Moncayo ha estrechado la mano de presidentes, congresistas estadounidenses, activistas por los derechos humanos de ONG de todo el mundo y hasta logró los 10 minutos preciosos en audiencia con el Papa. Este año con su hijo en el 12 aniversario de cautiverio, Moncayo decidió llevar a cabo su propia búsqueda. Viajó a Caquetá y Putumayo, a zonas cercanas a las selvas donde se supone que está escondido Pablo, buscado por alguien que pudiera darle información sobre su hijo.

“Las acciones de Moncayo han tenido un innegable y fuerte impacto mediático”, comenta Rodrigo Pardo, ex ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y director de la revista Cambio. “Debemos aceptar que las Farc han tratado de manera distinta a ciertos secuestrados porque tienen mayor perfil político. Pablo Moncayo logró hacerse visible gracias al trabajo de su padre de cara a los medios”.

El 23 de septiembre era revelado un video de Moncayo. La cara de adolescente era ahora un prematuro, demacrado rostro adulto, dando cuatro golpes sobre una mesa verde y reclamando: “Señor presidente abra la puerta que quiero ser libre”.

Para su padre ver el video resultaba una insoportable experiencia ambivalente. “No me pude contener, la lluvia que cae en estos días en Bogotá es nada comparada con las lágrimas que ese día salieron de mis ojos”. Las imágenes dieron al mismo tiempo la feliz prueba de que su hijo aún estaba con vida y la evidencia de la profundidad de su sufrimiento.

La espera ahora, después de una campaña sin precedentes es que Pablo pueda ser liberado al final de este mes. El último comunicado de presidencia (septiembre) dice: “facilitamos las liberaciones con las Farc”. En los próximos días se espera pronunciamiento oficial de parte del Gobierno. Por el momento la familia Moncayo se limita a rezar porque el fin de su calvario esté cerca.

Hace nueve años, cerca de otra Navidad que él soportaría en la selva, Pablo envió una carta a sus padres y hermanas. “Quiero desearles felices fiestas…”, escribió. “Estoy bien, un día estaré con todos ustedes… y para pedir otra vez que me cuiden el CD de Iron Maden”.
Después de caminar miles de kilómetros asistiendo a un sinnúmero de encuentros y derramando muchas lágrimas, Moncayo difícilmente puede creer que su hijo vaya a regresar a Sandoná.

“Según la senadora restaría menos de una semana para volver a ver a Pablo otra vez, -dice-. Me siento ansioso, estoy cruzando mis dedos, rezando, pensando en ese momento del encuentro y en cómo poder dominar mis emociones. Estoy esperándolo como el día que él nació”.

Lucero Rodríguez G.

©

*Cinco meses después de la publicación de este artículo, Moncayo, el hijo, fue liberado.

La historia en imágenes y audios, aquí: Moncayo, héroe o padre crucificado.

LRG – octubre de 2009.

Acerca de lucerorodriguezg

Soy mujer. Escribo. He sido periodista y editora independiente. Busco algunas hojas en blanco virtuales para ver qué pasa con lo que dejo allí... Algo más sobre mí está en la etiqueta YO SOY LÚ. En las otras etiquetas hay algo de hormonas, rayones y notas inéditas y publicadas en otros medios. Ver todas las entradas de lucerorodriguezg

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