El Escéptico (Bernardo Hoyos)

Por escéptico, tal vez por eso Bernardo Hoyos guarda silencio después de poner a Boulez y Stockhausen y su amigo Gabriel Jaime Arango, le dice: “qué cosa tan bella, tan buena… para dormir”. Alrededor de Bernardino –su nombre de pila–, hay amigos como Arango, abogado, ex vicepresidente jurídico de Bavaria, que “para ir a la fija” hasta hace unos pocos años sólo oía música de más de cien años de antigüedad y que le debe a su amigo –uno de los periodistas culturales más relevantes de Colombia–, la revelación de la música dodecafónica (música clásica contemporánea atonal). “Me ha tratado de meter la música de segunda mitad del siglo XX, pero tampoco”, dice.

Publicado en la Revista Don Juan (sección: Maestro. 2008). Foto: Felipe Londoño. Texto: Lucero Rodríguez G.

Hoyos, en cambio, últimamente va por Siempre es hoy, de Gustavo Cerati y OK Computer, de Radiohead, que descubrió hace un par de años gracias a su único hijo, Juan Sebastián (llamado así por Bach). Y le gustaron tanto que los programó en la HJUT, emisora en Internet de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, espacio sagrado de conciertos de cámara, jazz, algunos tangos y boleros, que dirige hace nueve años.

Arango lo acompaña en las caminatas de los sábados con destino a casa de Francisco Barragán, otro amigo, ingeniero, dueño de –quizá– una de las videotecas privadas más completas del país. Allí entre documentales y musicales de óperas y ballets hacen unas tertulias ineludibles de hasta tres horas, que sólo se cancelan por culpa de un bautizo o un matrimonio familiar.

“El hombre es un seductor”, comenta Juan de su papá. Y camino a casa de Barragán, Hoyos atrae tantos ejecutivos, como amas de casa y celadores de edificios, que le preguntan: “qué película va a presentar en su próximo programa (Cine Arte de Caracol, que codirige con Diana Rico)”, con todo y el horario maldito en el que está (los viernes a la medianoche).

Sus amigos y familia veneran más su tolerante ‘liberalidad’ que su ‘intelectualidad’. Pero esencialmente es un escéptico, que cree, sobre todas las cosas, en la sublimidad de Bach; en que todas las horas dedicadas a Marcel Proust no son tiempo perdido y en el vino como eje de su vida, “sin ser un alcohólico”, aclara su hijo con repentina seriedad. Hoyos tiene 74 años y su hijo, Juan, 27. Cuando era niño, Bernardino leía religiosamente las cuatro páginas del Quijote, que le dejaba mamá de tarea cada día. En sus primeros años, Juan no hacía sino ver TV, pero no recuerda el día en que su padre le haya impuesto apagarla. El hijo se matriculó en el budismo zen. El padre es muy cristiano, “no muy católico”, pero si Constanza Montes, su esposa, lo invita a misa, de pronto va. A Hoyos le inquieta más la forma (la estética) que el fondo del cristianismo. La figura de Cristo le parece excepcional. Juan iba a estudiar cine en Inglaterra, pero a diferencia de Bernardo le aburrió la frialdad inglesa y en Bogotá terminó siendo el feliz abogado que no fue papá. Aún así Hoyos dice “Juan y yo somos a imagen y semejanza”.

Bernardino adora la arquitectura y la historia del Medioevo, siente devoción por las iglesias góticas y la refleja en la modesta copia de una página del Apocalipsis del Beato del Liébana (que cuelga frente al escritorio de su oficina), las historias del Rey Arturo, que leía de niño y cuanto libro sobre la Edad Media cae en sus manos.

Ocasionalmente cree en Dios y en la religión. Le tiene fe al debate filosófico, pero nunca a la discusión política. A Proust lo leyó en la universidad, pero lo influyó tanto que volvió a dibujar hasta los recuerdos de su infancia en Santa Rosa de los Osos (Antioquia), donde vivió hasta los 15 años. Luego, “¡claro!”, a Bernardino le parecerían tremendamente ‘proustianos’ el frío inclemente de Santa Rosa y la espesa neblina que cubría el camino por el que saldría a Medellín a terminar bachillerato y más adelante a graduarse de abogado en la Pontificia Bolivariana.

Su carrera como periodista empezó el día en que le dijo al rector de la universidad, monseñor Félix Henao: “Creo que tengo buena voz para trabajar en Radio Bolivariana”. Al tercer año de Derecho era el director de una de las primeras emisoras culturales universitarias del país, y su sueldo, mes tras mes, se convertía en libros, discos, whisky y en “algo para ayudar en la casa”.

Su padre Luis era notario, su madre Olivia, costurera y sus hermanos Paco y Alberto son comerciantes y antioqueños de pura cepa y play boys de otras épocas, que todavía hoy molestan al intelectual de la casa porque en su vida “no ha sabido lo que es hacer un negocio”.

Cortesía: Bernardo Hoyos

Cortesía: Bernardo Hoyos

Al terminar la universidad, en 1957, un crimen sin castigo desvió definitivamente su camino del Derecho. Como juez de instrucción en su pueblo, Hoyos calificó de tentativa de homicidio el ataque de un hombre que le vació cinco tiros a otro, pero al juez (de segunda instancia) le pareció que sólo eran lesiones personales y así lo juzgó. Hoyos se decepcionó.

Fue uno de los primeros latinoamericanos en ganar la beca Fulbright, para especializarse en Derecho Comparativo en Dallas (Texas, E.U). Pero fue más un pretexto para estudiar de primera mano la literatura anglosajona. Sin ser un estudiante excepcional, ni pretenderlo, pasaba los exámenes de rigor mientras iba a cuanto concierto de la Sinfónica de Dallas, y en las navidades –¿a dónde más?– volaba a Nueva York. Por tiquetes de un dólar no sólo oyó a la Filarmónica de NY sino que se sumergió en la escena musical, donde apenas si se asomaba el rock and roll. Cómo no aprovechar gratis las cantatas de Bach en la Saint Thomas Church o el jazz en los bares del Village en los que valía 50 centavos el trago de whisky. Sin embargo, fue en Dallas donde conoció personalmente al legendario pianista polaco Arthur Rubinstein (1887 – 1982) en una reunión de esas señoras ricas que le daban boletas de conciertos que Hoyos promovía. “Sólo daban champaña y Rubinstein hablaba español”, recuerda. Sus años en Dallas terminaron nada menos que como “Ciudadano Honorífico”, junto con otros compañeros latinos, por su trabajo en actividades y en medios de difusión cultural.

Con los ahorros que le quedaron de la beca hizo el viaje más inolvidable de su vida. Por unos meses ‘mochileó’ por España, Francia e Italia y conoció varios lugares, hasta hoy sus favoritos, como la catedral gótica de Nuestra Señora de Chartres (Francia), la romántica Venecia y la mística y medieval Asís (Italia).

Más tarde, en 1966, un pescado, que se comió en Yugoslavia, le transmitió un virus que lo condenó a sus legendarias gafas. Pero siguió su camino, entre 1971 y 1979 trabajó para la división latinoamericana de uno de los centros tradicionales de difusión de cultura más importantes del mundo, una torre de babel de unas 25.000 personas de más de 30 nacionalidades: la BBC de Londres. Simultáneamente fue editor de la versión en español de la revista International Management. Además, ha sido desde miembro de la Academia Colombiana de la Lengua hasta modelo de Alka-Seltzer (en los años cincuenta), pasando por publicista (en Atlas y McCann Ericsson) y periodista y director de programas culturales en radio y TV, durante 55 incansables años. Hoy está feliz porque terminó el 2008 con un premio Simón Bolívar como un niño recibiendo un dulce; un Caballero de Las Artes y las Letras de Francia; un verdadero maestro.

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Q.D.E.P (1934-2012)

Acerca de lucerorodriguezg

Soy mujer. Escribo. He sido periodista y editora independiente. Busco algunas hojas en blanco virtuales para ver qué pasa con lo que dejo allí... Algo más sobre mí está en la etiqueta YO SOY LÚ. En las otras etiquetas hay algo de hormonas, rayones y notas inéditas y publicadas en otros medios. Ver todas las entradas de lucerorodriguezg

2 responses to “El Escéptico (Bernardo Hoyos)

  • kole

    Muy bonita persona!! Sabias Lu que yo también soy de la proustiana Santa Rosa de Osos?? Beso! kole

  • lucerorodriguezg

    No sabía que eras de Santa Rosa de Osos, pensé que habías vivido allá para escribir el libro de El pueblo de las tres efes, estaba confundida, ya vi que es Santo Domingo (lo acabo de “googlear”). Felicitaciones por ese trabajo, además. Beso.

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