Al borde de una neurosis hipotérmica, en tren de regreso a Buenos Aires, con la ventana cerrada

Camino a Buenos Aires de verdad sentí que no llegaría viva. Cuando alguien me preguntó cómo me fue a la ida, esperando de antemano que mi experiencia hubiera sido fatal casi mortal, tal y como me lo había advertido, dije que al menos no había muerto en el tren, que hasta me había parecido bien agradable y desde el amanecer no me había perdido un sólo árbol del paisaje hasta llegar a Bahía Blanca; cosa bien distinta sentí en el viaje de regreso.

Estaba abierta a no pelear con la fatalidad y cada muerte en la vía. Me metí a la página de Internet de la red de trenes de la provincia, esperando ver unas lindas postales. Lo primero que vi fue un anuncio del estado de emergencia en que se encontraban los trenes de Ferrobaires desde 2011. Al menos se niegan a morir y hasta le reclaman públicamente al Gobierno su derecho a su digna y benéfica existencia $$ para tantos.  “…Se destacan por carecer de elementos básicos de confort, por mantenimiento insuficiente… Para volver a un estándar de calidad básico su material rodante requerirá un shock de inversiones por parte de su titular, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires…”, decía la página. En Colombia empezaron a desaparecer en fúnebre y resignado silencio en los 90.

A los 7 años, con mamá, me subí a uno de Palmira a Cartago por primera y última vez; pensaba que no lo había vuelto a hacer hasta ahora en Argentina, excepto por el El último tren que va a la montaña (tren artesanal de vagón y medio, de Faca a Cachipay) para una pequeña nota en el trabajo que hacía entonces, de lo que me acabo de acordar. Si no lo leo no recuerdo bien detalles del viaje, por eso escribo para que no se me olvide. Lo que sí guardo perfectamente como una nítida foto en mi mente es el aviso que llevaba esa máquina atrás (la de la nota relacionada) una idea sobre la simplificación que sé debí grabármela: “Es mi deseo que simplifiques, simplifiques y simplifiques. El ser sencillo en todos los aspectos de la vida es aceptar la vida”…

En la taquilla de Constitución (estación de trenes de Buenos Aires) una vendedora me preguntó si viajaba en “turista” o “primera clase” cuando pregunté si en la llamada primera clase tenía cama o semicama, con una levantada de ceja me respondió que tenía sillas, que se podían reclinar un poco. En los demás vagones la gente se sienta en metal duro como en el Subte (metro). De estructura similar al que se mueve por la Ciudad, pero un poco más grafiteado, oloroso, frío, bullicioso, vivo y marginal.

Alguien en Buenos Aires me recomendó que llevara mucha, pero mucha comida al sur; no entendí bien si era porque escaseaba o porque era muy cara, de cualquier forma sentí como si me embarcara para la guerra. Igual era una guerra 9 veces menos cara que en bus y 15 veces menos que en avión. Entonces serían 14 horas que me sentaría en aquella primera clase particular.

Como un viejo paciente y lerdo, un tren había parado hasta que levantaran a un hombre de la vía, en medio de una noche fría, unos días antes. No era un suicida, no andaba muerto, andaba “jincho*1” (borracho)… andaba de parranda ♫.

Salí en primera con la persiana abierta, como los niños, contenta con poco o nada, o mejor, con todo, suelta, desenfadada y volví en otro puesto, otra postura, enojada, rígida, casi petrificada sentada al borde de una hipotérmica neurosis y con la ventana cerrada.IMG_9183

Al volver del sur del sur a Bahía Blanca rumbo a Buenos Aires a tomar mi vuelo al norte, mi casa, llegué muy canchera con el tema del frío, muy confiada por haberme movido bien en el que se supondría sería el clima más duro que experimentaría, al sur del sur, donde vi a Borges frotarse enérgicamente las manos para no congelarse. Sí, lo vi ahí como cualquier turista con un sombrero negro para el sol y tomando fotos (adivinen dónde está ahora).

En el último tramo del tren de regreso no calculé que con la ropa térmica descansando húmeda en la maleta me sentiría tan cerca de morir de frío. A pesar de la lycra liviana, leggins de pana, leggins de lana y blue jean, que me puse uno sobre otro, no me acomodaba a la temperatura. Yo creo que lo que no dejaba cerrar el pantalón no era tanto la sobredosis de alfajor y facturas, que tragué en la ruta, como la sobrecarga de ropa, que me puse tratando de adivinar, sin tropezar, el camino al baño, totalmente a oscuras en mitad de la noche en medio de la nada (que yo supiera), más miedoso que caminar por la 10 con 10 a las 10 p.m. en Bogotá.

La lluvia azotaba esa gran caja de latas sin calefacción que nos transportaba. Yo me azotaba, incluso desde antes, pero realmente me exasperé cuando mi puesto de primera clase fue asaltado por un hombre de otro acento, un paraguayo con tufo (aliento a alcohol), una lata de cerveza en la mano y una risa que no le cabía en la cara y más tarde por un padre y su hijo, que dejó la ventana abierta muy a propósito. Desde hacía rato me estaba cargando de nuevo lo que ya me había quitado de encima días antes de subirme el tren de regreso y no era sólo las botas que me volvía a poner por frío y falta de espacio, de mucha complicación.

Esto pasó…

Horas antes de abrir la ventana para salir de La Patagonia

*1. Jincho: en mi vida había escrito esa palabra ¿Es con “j” o con “g”?

Acerca de lucerorodriguezg

Soy mujer. Escribo. He sido periodista y editora independiente. Busco algunas hojas en blanco virtuales para ver qué pasa con lo que dejo allí... Algo más sobre mí está en la etiqueta YO SOY LÚ. En las otras etiquetas hay algo de hormonas, rayones y notas inéditas y publicadas en otros medios. Ver todas las entradas de lucerorodriguezg

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