Horas antes de abrir la ventana para salir de la Patagonia

Nueve horas antes de la salida del tren había llegado a la terminal de transportes de Bahía Blanca desde Río Colorado, el sitio más cercano donde decidí bajarme del último camión en el que anduve. Por seguridad me habían recomendado no pasar todo ese tiempo en la estación de tren. Bahía Blanca ya no era uno de esos pueblitos tranquilos de La Patagonia, por donde había estado, según alguien. En El Bolsón nunca me dieron llaves para entrar a la casa donde me quedaba sencillamente porque la puerta nunca estaba cerrada.

‒Bahía es más ciudad y eso ya trae otras cosas.

Me quedé dos horas en La Terminal me aburrí y me fui a la estación.  En esa desolada y oscura estación no me sentí segura… de que la iba a pasar mejor. Me aburrí también y me fui al café de la gasolinera del frente donde precisamente comenzó mi historia con Héctor* y Oscar, los que me llevaron al sitio donde tomaría el primer camión para salir de la provincia de Buenos Aires, que conté en Alguna carta a mis amigos, desde Neuquén, click…

Una y otra vez intenté concentrarme en la misma página del Capítulo Tercero de Adiós a las Armas. Entre los programas de chismes de la TV y una chica, quizá de mi edad, que al entrar me clavó la mirada y al corresponder al contacto visual empezó a contarme apartes de su vida desde su mesa, al frente de la mía, me perdí de la lectura, pero me entretuve un poco.

Una y otra vez discutían en la tele el momento en que una dominicana le había dicho zorra a la pareja de baile de su novio, participantes de un programa en la Argentina donde los “famosos” bailan a beneficio de una causa social, que es famoso porque es presentado por Tinelli, uno que más famoso que Messi, por presentar un programa, donde los famosos bailan a beneficio de una causa social, que es famoso porque… La de la tele gritaba.

‒!Es que él es mi novio y lo voy a besar ahora mismo!

La morena le reclamaba a la bailarina rubia que no tenía ningún derecho a tocarlo tanto mientras bailaban cuando de pronto saltó del público al escenario a chuparle la cara a su macho en disputa. Entretanto la chica del café gritaba desde su mesa lo mucho que yo me le parecía a Mariana una amiga de infancia de su hermana con quién había roto relaciones por una amarga pelea.

‒¿Cómo te llamas?

‒¿Rosa? pero tienes cara de llamarte Lucero.

‒… ¿Pelearon por un juguete? Bueno, ya es hora de que hagan las pases.

‒¿Verdad que sí?  Mariana se había casado y parecía feliz.

Al cabo de un rato el ruido de la tele ya me cansaba, dejé de mirarla y también fingí ignorar a mi nueva mejor amiga de la mesa del lado, la hermana de la amiga de Mariana.

De pronto lanzó un alarido teatral.

‒!Una rosa es una rosa, pero por muy hermosa que sea un día se marchita!

La miré de reojo. Me miró de frente y con odio. Recostó su cabeza sobre la mesa con cara de niña regañada y cerró los ojos. Cuando su madre o abuela le dijo que se comiera el alfajor (porque en Argentina todos comen alfajor y ven o al menos hablan bien o mal de Tinelli una vez al día cada día de sus vidas) ella gritó aún más fuerte.

‒No me dejan dormiiir. No me dejan en paz ni un sólo minuto.

La abuela siguió masticando como si nada.

‒Vamos niña que tenemos que ir donde Mariana.

‒¡Quiero que me entierren en un hoyo negro muy profundo al lado del abuelo y de Mariana!

Pero más surrealista que el deseo de mi nueva amiga, amiga de Mariana, era que había pasado una hora y cuatro presentadores pagos por un canal de TV seguían debatiendo de si estaba bien o no que la dominicana le hubiera dicho zorra a la compañera de baile de su hombre. Pagué la cuenta y le dije adiós con la mano a la chica amiga de Mariana, que al fin cambiaba su dura mirada por una sonrisa. No podía moverme muy lejos porque las maletas y las botas empezaban a pesarme, pero debía largarme de ahí a ver si me conectaba con la lectura.

Las cosas de las que uno se entera releyendo tanto la misma página, por ejemplo que en medio de la guerra, al regreso del protagonista a su pueblo, las montañas eran pardas…

…Todo estaba como antes de mi partida, salvo que ahora la primavera había llegado… (página 13 de mi edición).

‒…¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? Vamos, cuéntamelo todo.

‒He estado por todas partes. Milán, Florencia, Roma, Nápoles, Villa San Giovanni, Mesina, Taormina.

‒Hablas como una guía de ferrocarriles ¿Has tenido buenas aventuras?

‒Sí.

‒Dónde.

‒En Milán, Florencia, Roma, Nápoles, El Bolsón, Tecka, Río Gallegos, Bariloche, Neuquén, Bahía… y ¿Cuál primavera? si lo que está entrando es un invierno ni el hijueputa…

Tocaba ponerse de nuevo las botas.

Sentada a veces, recostada a ratos, en un puesto para dos y otros dos al frente, repasaba la misma hoja del Capítulo Tercero. Tiré mis dos maletas, dos chaquetas (camperas) y dos pares de zapatos y me desparramé en las cuatro sillas de primera clase hasta que un hombre de otro acento, un paraguayo con tufo (aliento a alcohol), una lata de cerveza en la mano y una risa que no le cabía en la cara, llegó a ocupar la silla donde descansaban mis nalgas. Un par de pueblos más adelante un padre ocupó el lugar donde mi pierna izquierda reposaba y su hijo, que dejó la ventana abierta muy a propósito, le quitó además el puesto a mi pierna derecha.

Cerré el libro y por un segundo pensé en Mariana, la “zorra”, Tinelli, la dominicana; y otra vez no me acordaba de qué color eran las montañas (con el perdón de Hemingway). Desde antes me estaba cargando de lo que ya me había quitado de encima, incluso días antes de subirme al tren de regreso a Buenos Aires y no era sólo de botas y exceso de ropa, que me volvía a poner por la falta de espacio, sino de algo más pesado. Había cerrado la ventana para sentarme al borde de una neurosis hipotérmica.

A la medianoche apenas el niño se quedó dormido, cansado, con el paisaje ya oscureciéndole, le pregunté al padre si no se colaba mucho frío con la persiana abierta. No dijo nada; la cerró. El paraguayo sonreía cada vez que accidentalmente yo lo miraba, como esperando charla. Apenas una pareja, sentada al lado de nuestras sillas, habló entre sí, reaccionó contento al darse cuenta que también eran paraguayos. Dijo algo como “chóquelas”, le dio la mano al hombre y se sintió contento, sólo porque eran de su misma tierra cuando todos se estaban quedando dormidos y nadie, mucho menos yo, parecía querer empezar alguna charla.

‒!Salud!

IMG_7560A la mañana siguiente vi cómo el niño miraba extasiado por la ventana, descubriendo cada cosa, un árbol, una antena, una vaca, una oveja, un perro, una bicicleta, un bus, un ciclista, un cantante de tango, tres pájaros, dos pájaros, un pájaro, una chica loca de Venado Tuerto con botas de plástico como una niña saltando charcos, un bus… Después de mirarlo un rato y de acordarme de mi primer viaje en tren, quizá a la misma edad de él, dejó de exasperarme que el niño abriera la ventana tan temprano y que el paraguayo quisiera hacerse el tan simpático con extraños, a pesar de sus ronquidos y el espacio que me había quitado. Le recibí al hombre el mate, que me devolvió el calor corporal y me recordó que el último tren puede ser un último tren, pero el primer viaje debe ser siempre como un primer viaje, como la mirada de un niño a cualquier cosa, con los ojos, las persianas y el alma, el espíritu o la humanidad (como lo quieran llamar) abierta, como la curiosidad de un marciano.

IMG_7504IMG_7503

Después de haber encontrado ese lugar Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado… donde vi a Borges frotarse las manos para no congelarse y como nunca antes la belleza me había conmovido hasta las lágrimas, cómo iba andar tan enredada con tanta ropa e ideas encima, si sólo era ponerme un simple pantalón térmico, que pesaba menos, casi nada, pero se me había metido que ya había andado con eso tanto que quería nueva ropa y nueva energía, qué cosa menos simple, menos pragmática se había apoderado otra vez de mí, mostrándome otra vez aquel proverbio de un maestro indio, que se escribió en el último vagón del último tren (de Faca a Cachipay, que ya había mencionado antes Al borde de una neurosis hipotérmica click…), simplemente otro tren de mi mismo viaje.IMG_8789 [1600x1200]

Es mi deseo que Bariloche1simplifiques, simplifiques y simplifiques. El ser sencillo en todos los aspectos de la vida es aceptar la vida”…

IMG_8911

Holaaaa, gracias por visitar mi blog, saludos desde el Lago Epuyen (otra postalita preciosa de esta enorme Patagonia). Lú

El último tramo de este viaje circular sin fin (click): Al sur de mi sur, último tramo, por la belleza de lo no buscado

Acerca de lucerorodriguezg

Soy mujer. Escribo. He sido periodista y editora independiente. Busco algunas hojas en blanco virtuales para ver qué pasa con lo que dejo allí... Algo más sobre mí está en la etiqueta YO SOY LÚ. En las otras etiquetas hay algo de hormonas, rayones y notas inéditas y publicadas en otros medios. Ver todas las entradas de lucerorodriguezg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: