Quiero… en mi casa

Quiero tener una razón

para no perder más la razón

esperando que invadas mi casa,

la inundes, la quemes, la tumbes

si se te da la gana

Quiero que toques la puerta… primero

Abrir

y dejarte pasar…

luego

que estés adentro

Cerrar

que sigas

¿Qué pasa?

¡Que pases!, te digo

Que entres

Entonces, ¡Que empujes!

Si no doy señales

de pronto duermo

esperando que llegues y te vayas

sólo para soñar con verte regresar

cuantas veces quieras

cuantas te plazca

y te guste

salir y entrar

Que me dejes sola

con mis tormentas

con mis adicciones sin remedio

tranquila… tranquilita, en casa

No,

quiero que entres y salgas

que me dejes

con todos los rayos, obsesiones y centellas

que estés ahí

que nos veamos

nos acerquemos

Vuelve

Un poquito,

otro poquito más…

que no te vayas

que vayas hasta el fondo

con todo esto

¡Salud!

Hasta el fondo

¿No es motivo para brindar?

¿Sabes cómo es mi casa?

Como todas las demás

Adelante, mi cama, la salida y entrada…

Ya sabes…

mi casa es como nada que te puedas imaginar

adelante

pasa

a la izquierda, la sala de estar

¿Que no hay dónde sentarse?

Aquí te podés sentar

También te podés parar y largar

no te quiero prisionero

sólo quiero bloquearte la entrada

no dejártelo tan fácil

que te enredes

te confundas

y no sepas luego si entras o sales

que tires la puerta

que la cierres… mejor

y que vuelvas

que te vuelvas loco

!Que vuelvas loco!

Vuelve y revuélveme más

Pero, si te vienes

que sea con calma

Y ¡Apurándose!

como si la vida se nos fuera a acabar mañana

tal y como en verdad la vida y el deseo se acaban una mañana

que ruegues hasta que a mí se me dé la gana

para que te abra

para lo que sea

para probar si el timbre funciona…

sólo es hundir ahí, aquí

¿Te suena?

y ya está

Quizá una puerta se abra

y ahí no seas tú

como una película

una alucinación

que seas Drácula

que chupes hasta mi sangre

y no sea yo

que sea sólo una doncella asustada

yo diciéndote tímidamente: vamos adelante

y vos: tímida, vamos más allá

¿Lo querés, tímido, verdad?

lo quiero

no

qué más da

Quiero no querer nada

ni siquiera a vos, de verdad

para eso, mejor no regresar

no te necesito tanto

con que estés ahí

vuelve

no es para tanto

vuelve

verte asomar

vuelve

y tener una razón

vuelve y no te lo repito más

para encontrarte en la entrada

y decirte: pasa o…

seguí adelante.

Lú-dic. 2010

 

 

IgueWikipedia: Igue is a clan of the Afemai or Afenmai ethnic group who inhabit the hilly areas and valley of the Owan East Local Government Area of Edo State of Nigeria.

3 Historias de amor… al libro (a propósito del Día del Idioma)

Una reclusa bibliotecaria, un soldado ciego y un niño sin escuela celebran la experiencia de leer…

En un lugar, pero no de la Mancha sino del barrio Dindalito de Bogotá, vive José Darío, que dejó de estudiar por acompañar, desde los cinco años, a su mamá a reciclar. Ahora, con 10 años, él todavía no puede ir a la escuela, aunque ya ha leído unos 20 libros. Como si fuera un Quijote, José resultó en el mundo de las letras de una manera ingenua, graciosa e inesperada.

Publicado en El Tiempo.
“La primera vez que fui a la Biblioteca El Tintal sentí miedo, porque pensé que eso era solo para mayores. Como decía biblioteca pública, o sea, del Gobierno, pensé que si entraba ahí de pronto me iban a dejar en Bienestar Familiar”, dice José, entre risas. Fue en ese lugar donde lo inscribieron en un programa para recuperar el tiempo que perdió por fuera de la escuela, llamado Aulas de Aceleración, de la Fundación San Antonio y el plan Palabras al Viento, que desarrolla Bibliored. Por eso, desde hace tres meses, y junto a otros 20 niños, José vive dos sueños que le permiten volar: “los cuentos de lo que la profe Mónica llama biblioteca (una caja de madera con libros adentro) y el almuerzo de la escuela”.

Todavía se acuerda muy bien del primero que leyó, Aladino y la lámpara maravillosa.

Lee para ver mejor
En el 2003, cuando tenía 27 años, a Brayan Rodríguez, especialista en explosivos del Ejército, le entró una bala a la cabeza que lo dejó ciego y le hizo pasar un mes en coma y un año en manos de sicólogos y siquiatras. Lo primero que se le ocurrió cuando salió de su trauma fue abrir un libro de matemáticas, que otro le leyó. A él siempre le gustaron los idiomas y los números. De todos modos, le tocó aprenderlo todo de nuevo, desde caminar y leer.

Los libros y el pretexto de irlos a buscar a la biblioteca de Suba se convirtieron en el vehículo para ambas actividades. Fue una quijotada levantarse solo y decidir que, sin ayuda de nadie, aprendería braile. Pero obtuvo más que eso: máquinas lectoras en las bibliotecas, programas de computador y, su preferida, la dulce voz de una bibliotecaria llamada Sandra. Con ese impulso, Brayan terminó el bachillerato e ingresó a la universidad.

En un año y medio leyó más de 2.000 libros, sobre todo sobre las reformas tributarias, los códigos penal, civil y laboral, la Biblia y los cuentos de Edgar Allan Poe, siendo El Gato Negro que le recuerda su vida en la selva, para él, el mejor.

Presa de la lectura
A Daris Liza Mora la condenaron por hurto, inicialmente a siete meses de prisión, pero lleva tres años en la Reclusión de Mujeres de Bogotá, porque le han salido 30 procesos más. Hoy, con 40 años de edad, suma dos de trabajo en el manejo de libros de la cárcel. De tanto limpiar las carátulas, se encariñó con temas espirituales y religiosos, y asegura que eso la cambió.

Solo basta preguntarle por el primer libro leído en su vida y a su rostro duro lo ablanda el llanto. No recuerda bien el título, pero sabe que es de una escritora gringa que fue violada y a quien la vida le dio tan duro como a ella. Hace un turno de 8 a.m. a 4 p.m. y pasó de hacerle aseo a la biblioteca a conocer al dedillo las normas internacionales para la clasificación de libros y hasta los recomienda. A los recién llegados los manda al estante de ética, filosofía y autosuperación.

“La verdad, entré aquí a la biblioteca de pura ‘lamberica’. Yo iba a la escuelita para el descuento (de pena), pero en esa época no hacíamos nada”, dice Daris. Muchas lectoras novatas lo primero que buscan son “temas de sangre y acción” y, como si se tratara del alquiler de alguna película de Van Dame, escogen libros sobre Pablo Escobar o Carlos Castaño. Un día, alguien le sugirió escribir un diario, y ahora no solo lee en la biblioteca, en su celda y en el patio tres, donde se encuentra, sino que escribe en un cuaderno hechos dolorosos que desde su infancia la martirizaban. “Si tuviera más estudio y pudiera publicarlo, lo titularía La tragedia, pero no de Daris, sino de otra persona. Al menos le cambiaría el nombre”, dice medio en serio y medio en broma.

Para Daris la mayor moraleja de este capítulo de su vida es que aprendió a comunicarse con sus hijos sin pelear, a través de los libros que ella misma les dice que lean y en los que halló su única posibilidad de escapar.

Lucero Rodríguez G.

Camino al cielo de los Nevados



Después de cinco días contando vírgenes por todo el camino, qué más íbamos a hacer sino terminar hablando de las vírgenes. Gracias a Luis por sus fotos y la paciencia.

Custodiado de tantas vírgenes como de rastros de violencias pasadas, entre atípicos tramos desérticos que preceden páramos y cultivos de papa: el sendero que pasa por 8 municipios, hacia las nieves.

PDF del artículo con las fotos: Norte de Boyacá

¿Por dónde es el camino? ¿Dónde está la vía pavimentada? ¿Dónde, la guerrilla? ¿En el Cocuy o en Güicán, dónde realmente queda el nevado? ¿Dónde está Dios? ¿Dios? Quién sabe, quizá haya vuelto a habitar tierras tan fervientemente católicas como las del norte de Boyacá, de donde muchos pobladores intentaron escapar, tratando de no dejar tirados escapularios, ni misas a medio empezar, cuando fueron centro de sangrientos momentos históricos como la conquista española en el siglo XVI, el enfrentamiento entre liberales y conservadores, en los 50; siendo este enclave de operaciones de los tristemente célebres ‘chulavitas’ y blanco de recurrentes tomas guerrilleras, por casi 20 años, desde mediados de los 80.

El camino es de unos 400 kilómetros si se sale en carro desde Bogotá, y el recorrido dura unas 12 horas, si se pasa de largo hasta El Cocuy o Güicán, las dos poblaciones más cercanas a la sierra nevada. Pero en cuatro días, también se pueden cruzar dos provincias: Norte y Gutiérrez; fotografiar y saborear ocho municipios: Soatá, Boavita, La Uvita, San Mateo, Guacamayas, Panqueba, El Cocuy y Güicán, y ¡sorpresa!, descubrir que lo que para los citadinos es reliquia por estos lados es parte de la cotidianidad.

En el norte se conservan las vitrinas con marco de madera en las tiendas; ya no se enarbolan pañuelos de color conservador o liberal, pero sí se izan banderas rojas en algunas casas, aunque solo para señalar la ubicación de las carnicerías.

Como en antaño, una o dos veces por semana se destina un día para el mercado. Ahora la vía principal que conduce a la Sierra ya está pavimentada en un 80 por ciento, las torres de telefonía celular se pelean una posición privilegiada en el cerro más alto con la virgen patrona del pueblo, y no hay señales de ninguna guerra pues los únicos tiros que se escuchan son los lanzamientos de tejo, los fines de semana. Soatá, el camino empieza a la mitad La capital de la provincia Norte es Soatá, donde se marca la mitad del recorrido desde Bogotá. Pero, aquí apenas comienza el viaje por los paisajes, costumbres y acentos, con los que no se identifica típicamente a los boyacenses.

La cercanía a poblaciones de los departamentos de Santander, Norte de Santander, Casanare y Arauca, y de Venezuela, país con el que comparten 18 kilómetros de frontera, ha alimentado una interesante mixtura cultural. Por Soatá pasó Bolívar cinco veces y cuatro veces se quedó en la hoy llamada Casona de Bolívar, diagonal a la Catedral de la Inmaculada, en el parque principal. Ya no es posada de ilustres personajes. Pero para tranquilidad del turista que hasta allí ya habrá recorrido más de 200 kilómetros, puede contar con cinco hoteles, para pasar la noche. En la mañana se puede observar a dos cuadras del parque el mirador del río Chicamocha y la inmensidad de una parte del cañón del mismo nombre. Y si por casualidad es primer martes del mes, se verá otra fiesta, no menos singular, la romería de solteras hacia el cerro San Antonio, que suben a pedir un marido. También se tiene la opción de pasar la tarde en una de las tres piscinas que tiene.

Los 18 grados centígrados de temperatura a estas alturas (1.950 metros sobre el nivel del mar), lo permite. Lo que si no resulta opción sino obligación es probar los dátiles. Después del escudo, estos frutos de palma endulzados de manera artesanal son lo más representativo del municipio. Boavita y La Uvita Al día siguiente se puede despedir de las dos vírgenes que custodian la salida de Soatá, la del Carmen y la de la Capilla de la Piedra.

Camino a Boavita el paisaje empieza a cambiar a bosque alto andino, aparecen árboles más altos, de un verde más oscuro; los cactus le dan paso al musgo y los cultivos de maíz van desplazando a los de tabaco. A la entrada de Boavita, otra virgen que ve pasar a los turistas desde debajo de una portada de ladrillo, mientras otra más los saluda desde el cerro más cercano. En la puerta de Foto Panorama, un retablo con 37 fotos, con imágenes de primeras comuniones, un par de amigas abrazadas a la entrada de una cacharrería y el obispo de la arquidiócesis de Málaga, Darío de Jesús Monsalve, “un monseñor que sí viene al pueblo a cada rato no como otros que solo aparecían para las confirmaciones”, dice un parroquiano.

El plan en Boavita es ir donde Ernestina Corzo a tomar masato de arroz, comer boronas, una especie de galletas de maíz y mantequilla, y probar la que ella recomienda como la mejor mantecada entre los pueblos vecinos. Conversar en el parque sobre política o tratar de que alguien confirme si es cierta la leyenda de que el único municipio del Norte que no se tomó la guerrilla fue Boavita, porque un comandante había nacido allá. O bien tratar de que algún buen conversador le cuente los detalles de la polémica por el traslado de una pila, que con más de cien años en el parque principal fue reemplazada por otra más moderna, con un sistema de luces y conducción del agua tan sofisticada que al nuevo alcalde le da miedo prenderla porque siente que le cuesta un ‘platal’.

“Historias no hay muchas”, comenta Ramón Gamboa, el fotógrafo del pueblo, que a su vez suelta una perla: “los personajes más típicos de aquí eran ‘el Twist’, llamado así por sus extremidades deformes y Abelardo ‘el Farita’, pero ya están muertos. A ambos los atropelló un carro, por lentos”. Con el patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe, aparece La Uvita en el panorama. En la plaza de mercado la señora Rosa Medina también prepara buen chivo para el almuerzo.

En La Uvita se pueden hacer caminatas ecológicas de aproximadamente una hora hacia la Laguna Negra, un fastuoso paisaje que forma parte del Parque Natural Municipal, donde nacen seis quebradas. También es ineludible allí comer quesos salados, doble crema y de mano (amasados a mano y empacados en moldes de trenzas de fique) o tomarse una foto en los jardines encerrados en rectángulos de pinos recortados, que conforman el parque principal de La Uvita, quizá el más verde y florido de toda la región. Tiene tres hoteles, uno de estos es La Cabaña de la señora Matilde Galvis, que no es una casa de madera sino de cemento con el comedor, la sala, el lavamanos y la TV en el centro.

Es sencilla, económica y garantiza ambiente de familia ‘Galvis’. San Mateo, Guacamayas y Panqueba En San Mateo continúa la ruta gastronómica. En el parque principal se puede encontrar la miel más pura de la zona. Allí también está Frutos y Café, salón de onces, que solo abre por la tarde. Sitio obligado para los enamorados… pero de los postres, como el pastel de queso y la loreta de limón. Y para que la comida trascienda a una clase de historia, es mejor acercarse a la tienda de Graciela Rodríguez. Ella prepara cotudos y plumeros, siguiendo una receta de más de 150 años, una especie de roscones duros, a base de huevo, mantequilla y azúcar que primero cocina y después hornea. Demora dos días su preparación. Asegura que de su negocio se han llevado sus cotudos a otros países, aunque la fama de vender la mejor mantecada, también le da reputación. El mismo día se puede pasar de San Mateo a Guacamayas e incluso de allí a Panqueba. Podría ignorarse si en Guacamayas se ofrece la mejor mantecada, pero nunca desconocer su tradición artesanal de productos de paja y fique que lo caracteriza en todo el país. Portalápices, bandejas, fruteros, paneras, de todos los tamaños, con diseños geométricos y vivos colores tienen calidad de exportación. Ahora se venden en Brasil y Francia, aunque aún se consiguen en las tres tiendas artesanales originales del pueblo.

La noche se puede pasa en Panqueba y en el día tercero programar un plan sobrecogedor como visitar el cerro Cruz de Mayo, a 3.000 metros de altura, desde donde se divisan cinco municipios. Comer cordero al horno donde ‘Doña Chepa’ o una jugada de tejo a la vuelta del restaurante, ayudan a aclimatarse tanto a la altura como a las costumbres. Si Soatá es el Melgar de la zona, Panqueba es el Girardot. Sus atractivos: el clima de 19ºC y los besitos de miel. El Cocuy y Güicán Un misterioso resplandor alcanza los cielos de las poblaciones del norte de Boyacá. La fuente de esa luz proviene desde la que ahora llaman la Sierra Nevada del Güicán, Cocuy y Chita y el Parque Natural Nacional de El Cocuy.

Históricamente Güicán le ha disputado su participación en el nombre de la sierra nevada, que alguna vez apareció en los mapas del Agustín Codazzi como Nevado del Cocuy, a secas. Lo cierto es que ambas son las poblaciones más cercanas a los picos nevados, cada una tiene su porción geográfica, en esa, la masa continua de nieve más grande de Suramérica. Y ambas con la infraestructura turística, aunque incipiente, mejor organizada de la zona. El Cocuy tiene el cerro Mahoma, su mirador más popular, y las lagunas Grande y de Las Lajas, para pescar.

Mientras que en Güicán se pueden encontrar libremente nacimientos de aguas termales, en la vereda San Luis. Una cápsula del tiempo, eso es El Cocuy, donde su arquitectura transporta al visitante a épocas coloniales y republicanas. Tiene una discoteca, una tienda de productos de lana como guantes, gorros y ruanas y al menos seis hoteles, igual que Güicán. En una u otra población e incluso en ambas se puede pasar el último cuarto día. Con dos vírgenes en su entrada, cada una a lado y lado del monumento de los indígenas U’wa que prefirieron suicidarse antes que someterse al dominio español; Güicán abre sus brazos al turista al que también le ofrecen chorizas (un tipo de embutido de carne bañado en guarapo), masato de arroz y la mejor mantecada, además de la producción de los más calurosos abrigos de Boyacá. Guarda celosamente a la Morenita, la misma que adoraban los indígenas tunebos, en la Cueva de La Cuchumba, incluso antes de que llegara Miguel Blasco a catequizar hacia 1756.

La leyenda dice que cuando Blasco intetó hablarles sobre la virgen, los indígenas le contaron que ya la conocían, porque un hombre de barbas blancas que ascendió a las montañas nevadas y no volvió a bajar, les había regalado la imagen sobre un lienzo blanco. Quizá se dio por bien servido luego de recorrer el norte de Boyacá, quizá quedó satisfecho después de encontrar las mejores mantecadas de la región, aunque algo extenuado como para volver a bajar. Quizá si existiera Dios seguramente preferiría habitar por allá, más arriba de los 5.000 metros, en el silencio más blanco y la pureza más calma con un cielo de nieve bajo sus pies, quizá en el Ritacuba Blanco, el más alto de los nevados, aunque con un Púlpito del Diablo de espaldas, una imponente roca cuadrada, en otro cerro nevado, al que los curas de la región, por alguna razón le quieren cambiar el nombre.

Fotos: Luis Lizarazo – Textos: Lucero Rodríguez G.

Perdida en Nuquí (título original)

Cómo internarse en estas selvas chocoanas que bordean la playa, sin ser absorbido por su mar y sus leyendas como le ocurrió a una reconocida presentadora de TV, dos músicos y un chef extranjero.

Viajar – El Tiempo
Lucero Rodríguez G.

En Pa’ Chupá, la discoteca de Nuquí (Chocó), están cantando alabaos unas mujeres del grupo de Carmendilia González. “¿Qué ha pasao? -Se preguntan en Nuquí- ¿Hubo muerto y no supimos por andar emparrandaos?” Los alabaos son los cantos que por tradición y herencia africana los pobladores del Pacífico colombiano dedican a sus muertos y a sus santos.

Si no hay alabaos en un velorio, la gente apenas saluda, reza y se va, como el negro Juancho que en tales casos se excusa antes de retirarse. ” Mañana hay que madrugá”, dice. Los ausentes por los que se cantan estos alabaos aterrizaron el viernes pasado al mediodía en el aeropuerto de Nuquí: José Ramón, ‘Moncho’, cantante de una banda pop rock barranquillera; Ana K. Soto, presentadora de TV y su equipo, Mario y Richard; Daniel Meroño, chef español y el actor y cantante de la tierrita, Hansel Camacho. Desde el primer instante en piso chocoano hubo una atmósfera alborotada. Una chirimía amenizó el momento, mientras Mano Cambiada, la corporación de promoción turística, repartía la información sobre destinos chocoanos como playas, ríos, cascadas y manglares de los corregimientos de Termales, Coquí y Jurubidá (de Nuquí), y actividades como surfing, caminatas y avistamiento de aves y ballenas. Josefina Klinger, de la organización, convenció al viceministerio de Turismo de que le ayudara a traer invitados especiales a Nuquí. “Qué les puede pasar”, dijo.

Hace más de 15 años Nuquí y sus alrededores viven de la pesca y del turismo. Estas comunidades todavía tienen necesidades básicas por resolver. Sin embargo, sobreponiéndose a ello, han consolidado una oferta de alojamientos, gastronomía y ecoaventuras. Hoy cuenta con fuerza pública, pendiente del turista, a prudente distancia. Y como si fuera poca la riqueza de su cultura, Chocó, además, tiene mar, tres parques nacionales naturales y olas que retan a los mejores como el brasilero Adriano de Souza, el cuarto surfista del ranking mundial profesional, que estuvo en Nuquí, surfeando y posando para una campaña publicitaria internacional. Ballenas y olas Los alabaos se oyen en todo el pueblo.

Lo que ocurrió el fin de semana fue que el cantante barranquillero se perdió en Cabo Corrientes, a 35 minutos en lancha hacia el sur de la cabecera municipal de Nuquí. El mar estaba picado, los lancheros le advirtieron: “Aquí está la mejor ola del Pacífico para surfear. Pero, también hay que estar pendientes de las ballenas porque por este sitio acostumbran llegar”. Allí, los pelados de Nuquí, que hasta hace unos tres años trataban de flotar en las tablas de la cama echadas al mar, aprendieron a surfear, aunque todavía muchos lo hacen en tabla de madera, moldeada a punta de machete.

Todos se han vuelto tan fans del futbolista Wason Rentería y de Hansel como de Souza. Comienzan las fiestas La ausencia de uno de los del grupo no impidió continuar con el itinerario. Al final de la tarde del viernes, la presentadora de TV, su camarógrafo y su productor fueron la siguiente baja del grupo. Ellos salieron a las 2 p.m. a buscar alguna curiosidad en Nuquí. Y lo que vieron los impresionó. “Lo que pasa aquí toca registrarlo”, dijo el productor. Había hombres y mujeres descalzos, algunos de ellos sin camisetas y sudados que corrieron como perseguidos, al son de tambores, bajo la lluvia, por las calles embarradas de la pequeña Nuquí. Y en esa confusión los de la tele se esfumaron. Eso pasó en medio de las fiestas de la Virgen del Carmen, en las que los turistas pueden participar del 8 al 16 de julio, cada año. En la noche del mismo viernes Hansel salió con su guitarra hacia la verbena y tampoco regresó.

Termales y río En Termales, el chef, dueño del restaurante Ispania en la zona G de Bogotá, se metió a la cocina de una de las señoras que atiende turistas allí y no se le vio más. Como se perdió, al igual que los otros, tampoco pudo caminar por los cuatro senderos que ofrece Termales, para ver loras, guacamayas y zainos que hay por el trayecto; ni bañarse en el pozo de agua caliente y azufrada que cae al río Termales. “De pronto fue que decidieron quedarse a vivir por estos lados como yo -dijo Rosendo Chiquicho, de Caucasia, Antioquia. Rosendo fue a Termales a hacer un trabajo de construcción por 15 días y ya lleva 15 años viviendo allí. “Yo he andado y lo que me enamoró de aquí es que es el único sitio que conozco donde uno puede dormir con las puertas abiertas y no lo roban”.

Entre manglares y playa En busca de manglares, Coquí fue el sitio recomendado. Este es un pueblo de 200 habitantes fundado en 1830 por ocho hombres, que tras perder una madera en el río Baudó, pasaron por el lugar y se quedaron. También se quedó en Chocó Javier Montoya, un paisa que vive en Morromico (Juribidá), desde hace 28 años. Asegura que fue a un paseo y no regresó más a su natal Retiro (Antioquia). Hoy es dueño de las Posadas de Morromico y vive rodeado de comunidades negras e indígenas, frente al agua y las anchoas más frescas y verdes del Chocó.

Si apareciera alguno de los invitados de Josefina, quizá querría quedarse en Coquí que ya cuenta con dos posadas turísticas, un restaurante y un grupo de ecoguías que conducen a cuatro cascadas (Cañal, Bongo, Bejuquillal y el Chorro) y a los senderos de manglares que se recorren mientras se oyen las olas. A los invitados aún los espera el grupo folclórico de los alabos, para despedirlos. Del ‘Moncho’ se supo que se quedó contemplando la imponencia de las ballenas de hasta 18 metros de largo y 25 toneladas de peso; Hansel se enredó en las cuerdas de la guitarra que le recordaron los tiempos en los que les cantaba a los turistas en su natal Bahía Solano y pasaba las tardes jugando fútbol en Nuquí; a Meroño, con todo y sus estudios culinarios en la escuela Hofmann de Barcelona (España), lo atraparon los olores de pescados desconocidos como el bravo, y la pulcritud y el cariño con que cocinan las chocoanas. Y los de la tele se quedaron enrumbados velando el sabor de las arrebatadas caderas negras.


Una noche sirviendo tragos en un café con piernas

Esto  fue un día en Aroma y Tanga, disfrazada de colegiala, atendiendo mesas sólo por la curiosidad de saber qué cosas pasan y qué de dirían los tipos a las meseras con poca ropa, pasada la noche y con varios tragos encima, en un café con piernas. Me encargaron escribir algo sobre estos sitios, así que fue lo que se me ocurrió, en realidad era lo único que quedaba (no había nada más qué inventar) del tema ya había hablado todo el mundo, incluido nuestro popular Pirry. Una terapia de choque a mi timidez con trago gratis. Papá, !Las de las fotos medio en pelota no soy yo! Ya quisiera un bronceado así. Las caras se les tapó a algunas chicas que pidieron proteger su privacidad.

Foto: Camilo George. De la revista Aló.

Una noche en Aroma y Tanga (la nota aquí, click click)

 

Lo que escriben los estudiantes que empiezan a escribir

Este es el blog de un grupo de estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá de diferentes cursos, desde segundo hasta noveno, más o menos entre 18 y 23 años, promedio, al que tuve la suerte de conocer y coordinar en el Taller de Redacción de Prensa I, (de enero a mayo de 2011). Es la primera vez que publican algo, es la primera vez que escriben textos periodísticos.
Después de un proceso de definiciones, correcciones, ejercicios preliminares y una edición final, aquí sus trabajos.
http://prensautadeo.wordpress.com/